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Entrevista al Doctor Julio César Labaké

04/07/09 |De Julio César Labaké se puede decir que es licenciado en Psicología y doctor en Psicología Social, miembro de número de la Academia Nacional de Educación, conferencista y escritor. Pero la palabra (como verbo, es decir, acción y sentimiento) que mejor lo representa es la de Maestro: el pedagogo preocupado por la comprensión del hombre y su cultura.

Labaké recibió a EL ARGENTINO el viernes 26 de junio por la tarde. A la mañana había dado una charla en el Instituto Malvina Seguí de Clavarino (en la Villa como se la reconoce con cariño) y dialogó con EL ARGENTINO poco antes de disertar en el mismo colegio para los padres. Este maestro normal, Bachiller en Filosofía, ha sido director Nacional de Educación Superior y director de Formación y Capacitación Docente del Ministerio de Cultura y Educación de la Nación. Conferencista en numerosos congresos nacionales e internacionales, su preocupación permanente es bucear sobre los compromisos con los valores y la necesidad de que el educador sea reconocido por el educando como un ser coherente. También sostendrá que si el maestro no se convierte en líder de los alumnos, su tarea se dificultará. “No es suficiente transmitir conocimientos, sino ser ejemplos de vida y educar en la integralidad y no solamente en la materia específica”, dirá antes de encenderse el grabador. Labaké ha recibido el Diploma de Honor “El Niño y la Televisión”, el Diploma de la Secretaría de la UNESCO para Argentina y Uruguay por su testimonio de vida y aporte a la solidaridad. En sus innumerables reconocimientos se encuentra también el Premio “Juntos Educar” que recibió en 2004 de manos del Cardenal Jorge Bergoglio, Primado de la Argentina, “por sus aportes en el campo educativo y por su ejemplo de vida y dedicación para las nuevas generaciones”. Autor de innumerables libros (no escribe por encargo sino por necesidad de compartir lo que piensa), se encuentran: “Adolescencia y personalidad”, que aborda lineamientos para comprender y acompañar el proceso de la adolescencia y cuyo lenguaje está destinado tanto para jóvenes como para educadores. “Adolescentes, no se dejen engañar” es otro de sus títulos, donde plantea a manera de diálogo (no de fórmulas mágicas) las problemáticas que embargan a los adolescentes. “Valores y límites, la brújula perdida”, un libro imprescindible para padres y docentes y en cuya lectura se brindan herramientas para la tarea de formar la personalidad desde los primeros años de vida. De gestos mínimos y hablar pausado, Labaké dirá que “en un hogar (o en una escuela) es imprescindible que haya límites, porque en caso contrario no habitarán los valores”. Llegó a Gualeguaychú para abordar la necesidad de comprender la importancia de los límites y valores. Dicen que se fue el sábado 27; pero en realidad todavía no se fue, porque sus reflexiones siguen invitando a la sensatez. -¿No es redundante hablar de límites y valores? Porque una persona sin límites es, a todas luces, una persona sin valores. -El planteo me parece que es un buen punto de partida para empezar a dialogar. Creo que no es redundante sino explicitante. De Alguna manera hablar de valores y límites (en ese orden) es ordenador de los conceptos. Si lo analizamos de manera detenida, nos daremos cuenta que el verdadero límite está originado por la presencia de un valor que requiere ser protegido. En mi libro “Valores y límites… la brújula perdida” sostengo que el límite es el cuidado o la protección de un valor. Y sino hay un valor, entonces no hay justificación para un límite. Hay que tener en cuenta que el límite, como la contracara de una moneda, se origina ante la presencia de un valor. De modo que no es contradictorio sino complementario. -Pienso en el cauce de un río como un límite que contiene las aguas; en un tutor que orienta el crecimiento de una planta… El límite es un acompañante, no necesariamente es una frontera que se tiene por delante o un obstáculo que impide. El límite es propositivo. -Esa es la manera positiva de ver el límite. Y es un poco el concepto que hemos perdido en la posmodernidad. En este tiempo, todo lo que contenía un límite era visto como represión como algo que se opone al desarrollo personal, a la libertad. Pero, en el fondo, el límite o en términos sociales, la ley, es el conductor, el orientador de la libertad, justamente para que no se pervierta. Una libertad sin responsabilidad queda a la deriva. El niño que crece sin límites, es un niño que no tendrá una noción clara de la realidad y de la fantasía. Creerá que todo lo que siente tiene derecho de hacerlo porque no tendrá conciencia de adónde termina el espacio razonable de coacción. Hay que tener conciencia de que existe un valor que dice “no toques este lugar”, “no pases por encima de esto”. Y ese “no” nunca debe interpretarse como limitativo de la libertad sino como cauce de ella. -Se puede decir que “el sí” tiene más “no” que un no. -Ahí está el valor de la decisión. Es un tema que me preocupa. Junto con eso están los deseos, las pulsiones y los impulsos que experimenta el ser humano. Y esos impulsos no son unidireccionales, pueden dirigirse hacia el bien o hacia el mal, hacia lo creativo o hacia la pereza, hacia el amor o hacia la indiferencia o el odio. De modo que la pregunta que uno debería hacerse cuando educa e incluso para uno mismo es la siguiente: ¿Qué hago con el deseo? ¿Qué hago con la pulsión que surge? -¿Y frente al deseo que alternativas existen? -Planteo que hay tres alternativas posibles. Reprimo el deseo, lo que siento y eso es malo. Lo que se reprime queda como una especie de guerrillero oculto y en algún momento me provocará conductas no deseadas. Es decir, debemos evitar la represión. La otra actitud posible es volcarse hacia lo permisivo. Todo lo que siento lo haga sin ninguna restricción y sin asumir sus consecuencias. Es decir, debemos evitar el descontrol. Entonces podemos concluir que la tercer alternativa, la que queda es el autogobierno, concepto al que se debe llegar por medio de la educación. -¿Se vuelve al límite? -Claro. El autogobierno es aquella fórmula que dice: “si” a esto, porque como usted lo señaló, con ese “sí” simultáneamente le estoy diciendo “no” a un montón de alternativas. -Para esa instancia, es necesario conocer los valores. Es decir, cuando una persona se autogobierna es porque tiene consolidado sus valores. -Es acertado el planteo, porque en el fondo una persona se puede autogobernar cuando la razón tiene la primacía para discernir si lo que se siente es o no adecuado, bueno o negativo para la vida. Pero eso lo descubre la razón, el momento que podemos pensar con sensatez. -En este escenario posmodernista muchos pueden llegar a creer que el instinto es aliado de la razón… -Es otro planteo necesario para discernir y además es muy actual. En el hombre no se puede hablar, propiamente, de instinto. Los vegetales tienen para orientarse los tropismos y eso es innato, automático, mecánico. Los tropismos son elementos de conducción de la planta que la llevan a ser una buena planta. Los animales no tienen tropismos, sino instintos. Los instintos, que igualmente son innatos, unidireccionales y mecánicos. Una vez que el instinto se activó, el animal no puede detenerlo y debe actuar. El único animal que puede inhibir conductas es el ser humano. El ser humano no tiene propiamente instintos, sino pulsiones. Las pulsiones, a diferencia de los instintos, no son unidireccionales sino pluridimensionales o ambivalentes. El hombre tiene algo que no poseen los animales ni los vegetales: la razón. Y la razón es lo que puede detener un impulso, juzgar si son o no razonables de acuerdo a los valores que descubre. Y en consecuencia decidirá si actúa o posterga, porque sólo el hombre tiene la capacidad de orientar la pulsión. El autogobierno es el fruto de una conciencia que razona, que piensa. Hoy en la educación se tiene el problema de que no se piensa de manera suficiente. -No hay valores individuales. Los valores reflejan las ansias de familia, de sociedad. -Me gusta este diálogo, porque obliga a pensar. No hay valores individuales porque el hombre no es un ser individual, sino social. Defino a la persona como “al ser racional que es siendo con los otros”. No entiendo otra forma de ser persona que “ser con los otros”. Somos con el otro. -Usted referencia a la complementariedad… -Es que la complementariedad es esencial en toda relación. No podemos ser sin el otro; y el otro nos compromete antes de que discutamos algún compromiso. La sola presencia del otro, del rostro humano, nos compromete. De modo que en el fondo nunca hay valores exclusivamente individuales, porque siempre estamos comprometidos ante el otro. -¿Y por qué muchas veces nos sentimos solos a la hora de ejercitar esos valores? -Es buena la observación. Es cierto. Cuando uno intenta vivir ciertos valores, puede sentirse un poco solo, porque puede percibir que la sociedad lo toma medio en sorna. Y si bien quien vive de acuerdo a los valores puede experimentar cierta burla, en el fondo, se le agradece el testimonio que reconcilia y amiga con el valor de la dignidad humana. Se mira con cierta sorna, hasta con cierta lástima “al tonto” que cumple con las normas que respetan valores; pero en el fondo se le agradece el testimonio que recuerda y consolida la dignidad humana. Esas dos cosas son coexistentes. -He observado que en ámbitos más institucionales, digamos una escuela, muchas veces se confunden valores con cuestiones reglamentaristas. ¿Es infundado este temor? -Es otro planteo realista e importante. No es ningún temor infundado. Muchas veces nos escudamos en el reglamento como si fuera un instrumento de defensa de nuestra posición. Y ese no es el sentido. El reglamento, letra escrita, sólo tiene valor operativo cuando el chico y el adulto han llegado a comprender las razones profundas de ese reglamento. Para que una ley comprometa, esa ley debe llegar de manera comprensiva al grupo, a la comunidad o a la sociedad que la tiene que cumplir. Y si se impone compulsivamente puede llegar a ser hasta represiva. Y al revés, si se propone a partir de la razonabilidad del ejercicio de valores que justifican ese reglamento, entonces la persona la asumirá con mucha más responsabilidad a la hora de cumplir. Eso refuerza el valor del reglamento. -Con la excusa de la falta de tiempo, a veces al padre le queda más cómodo decirle que sí a todo lo que el hijo quiere. Es una mala compensación, porque en el fondo lo confunde y no lo ayuda al crecimiento. -Esa actitud confunde y dificulta el crecimiento del hijo, porque lo priva del referente claro que debe ser el adulto. Y aquí volvemos a los valores, con los valores a los límites y con los límites al modelo deseable de vida. -Es interesante asociar la palabra modelo al término límite. -Es que el límite no es una mera imposibilidad, sino un rumbo del modelo deseado. Un cauce. El valor siempre señala el ideal al que hay que llegar. Todo valor me dice “hasta acá hay que intentar llegar” y eso dignifica la vida humana. Pero quiero volver al “sí compensatorio” del padre. Eso es lo mismo que cuando en una pulseada uno de los dos deja de hacer fuerzas, entonces el otro ni siquiera puede demostrar la fuerza que tiene. La educación es como una larga pulseada por amor, en razón de que debo ayudar al otro a educarse para que pueda vivir sanamente. Y el que no tenga el carácter formado para vivir las dificultades, tendrá peores dificultades. -La televisión tal cual se exhibe hoy representa un mal ejemplo. Es muy difícil el control de los programas. Es una fuerza arrolladora que a veces vulnera las mejores razones para vivir en familia e incluso como medio de comunicación impide la comunicación. -Es uno de los temas educativos nuevos que genera más dificultades. En alguna medida pasa a reemplazar la influencia, que antes era casi exclusiva, de la familia y de la escuela en la educación. Y la televisión no tiene como objetivo el bien de la persona. Esto es lo primero que debemos distinguir. La televisión responde a un interés económico y con tal de vender se pone cualquier elemento, de la forma más fantástica con tal de seducir y vender. El valor económico lleva a poner contenidos sin importar si eso impide a la gente pensar. La consigna es seducirla con sensaciones cada vez más inmediatas y efímeras. La educación, por el contrario, tiene como objetivo el bien y el desarrollo de la persona. Se compite desde dos campos distintos. Lo primero que me planteo en este campo es cómo lograr que la televisión se preocupe por el bien de las personas y no solamente cómo ganar dinero. Esta discusión nos llevará más de una generación de debates, porque debe crecer la conciencia social para que las autoridades públicas que deben velar por la salud mental de la población, los dueños de los canales, los productores, los creativos, los guionistas, todos tomemos conciencia que no debemos contaminar el ambiente psicológico y espiritual de la sociedad con mensajes ambivalentes. Se trata de un largo debate que nos demandará muchas generaciones hasta que nos demos cuenta que la televisión también debe velar por la salud espiritual y psicológica de las personas. -¿Y mientras tanto qué hacer? -Es indudable que hasta cierta edad es imprescindible que los padres tengan control de los programas que miran los hijos. Control de horario incluido. Y cuando ya no podamos darle órdenes tan terminantes, es preferible saber acompañar al chico y compartir esos programas de dudosa confección educativa para señalarles las cosas que nos interesan que internalicen. Es decir, saber hacer comentarios sin sermones, reflexivos, para que el chico pueda discernir lo que está percibiendo. La televisión es un zapping organizado que lleva a no pensar. Y en medio de esta saturación, con ese acompañamiento cercano y responsable, que el chico pueda darse cuenta que lo que se está proponiendo en la pantalla es una barbaridad para la plena vida humana. Hay que acompañar al chico sin sermones y sin escándalos. -La educación está en decadencia, principalmente la pérdida de la autoridad social del docente… -Lo interrumpo porque este es otro de los grandes temas que urgen recomponer en la sociedad. Recuperar como comunidad esa autoridad es un punto neurálgico para restablecer la educación. Sabemos que el destinatario fundamental del proceso educativo es el niño y el adolescente. Y debemos hacer una educación personalizada de acuerdo a las características de cada alumno. Eso tampoco se discute. Pero el protagonista orientador del proceso educativo es el educador, no es el niño. El niño da el material, pero quien orienta es el docente, el pedagogo, el padre. La atención debe centrarse en la necesidad de reconstruir esa autoridad, tanto del docente como del padre. Y en eso debemos reconstruir dos dimensiones: en la formación docente, como paralelo en la formación para ser padres, debe incluirse en la actualidad no solamente una capacitación plena de la ciencia que va a educar al chico, sino que al docente hay que darle la comprensión antropológica, humana, de cómo es la vida del momento actual; de cuál es el proceso cultural que se está viviendo, justamente para que tenga el chico la capacidad crítica con su realidad; y debe tener el docente una formación que le permita no sólo comprender al chico sino también convertirse en su líder. Y hoy esto no se está haciendo. Y eso es básico para recomponer la autoridad educativa del docente y del padre. Es indispensable la capacitación técnica formativa, pero también la formación humanística de la cultura. Sólo así se podrá ser conductor de niños y adolescentes. -En los ejemplos del docente y del padre se observa un distanciamiento. El primero por falta de formación humanística de la cultura y en el segundo por la ausencia de calidad en el tiempo e incluso en la predisposición frente al chico. ¿Se puede hablar de un distanciamiento nocivo? O el planteo por lo positivo: se requiere de una pedagogía de la cercanía. -Es evidente. Y cuando hablamos de restablecer la autoridad del educador, sea un maestro o un padre, no estamos hablando de un sitial a manera de un pedestal; sino de acercarlo a un diálogo que sea participativo. Hablamos de una autoridad participativa, de una pedagogía por el amor. La autoridad es el amor por el otro. Esto lo dijo un gran Papa, hoy poco reconocido como Pío XII, al sostener: “Siempre es más importante un buen docente que un buen reglamento”. Esto lo dijo allá por 1940 y hoy lo debemos recordar de manera permanente porque no lo hemos logrado. Es fundamental que se reconstruya la autoridad del educador. Si el chico no percibe que estoy trabajando para él, que lo comprendo, que lo entiendo, entonces no le dará valor educativo a mi palabra. Hay que vivir con sentido. El volver a rescatar el sentido de las cosas y de la vida es la gran demanda del hombre actual. Por Nahuel Maciel EL ARGENTINO ©
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