La Mujer - Mujeres que hacen cosas...
Buscar en los demás lo que tienen y alegrarse con cada descubrimiento
28/02/11 |Por silvina Esnaola - A través de la educación física y la natación, Stella Manzo, a la que conocemos por el “flaca” que la identifica, logra avances que acrecientan el capital inmenso que la sostiene y la hace seguir, aún con sus 32 años de docencia.
“Con el tiempo, fui docente titular en la escuela de sordos, trabajando todos los veranos en colonias de vacaciones, incluso en una que tuve en casa, donde construí una pileta”.
“Al poco tiempo -siguió relatando- comencé a trabajar en el Club Neptunia y ya estaba en el Centro de crecimiento personal y social, donde trabajo desde hace más de 15 años, cuando comenzó por iniciativa de Cristina Figún y Miguel Zabal”, tarea que comparte con Tito Bernigaud, Graciela Area y Martín Mondragón.
“Es algo lindo, que te hace bien y sentir mejor: veo que hay cosas más complicadas que los problemas que tenemos en un día cualquiera. Esta es una enseñanza que transmito a mis hijos y amigos”, nos dijo.
Ya jubilada en varios establecimientos educativos, ahora hace lo que le gusta, como dice, aludiendo a las clases especiales de natación y sus aportes en el Centro de calle Belgrano 123.
“Por ahora voy a seguir, por lo menos hasta que me echen”, bromeó, para agregar que no puede quedarse quieta, que no se imagina lejos de estos lugares y menos, sin hacer lo que hace allí.
En la pileta enseña a nadar a bebés de cinco meses en adelante, a niños, adolescentes, adultos y personas de la tercera edad. “También hay discapacitados, a los que trato de incluir en grupos, algo que no siempre es fácil”, señaló, recordando su primera experiencia con una nena no vidente, a la que se sumaron chicos con problemas motores.
“Les enseño a hacer lo que puedan, a sentirse bien, a disfrutar el momento; me propongo que lleguen contentos y se vayan con ganas de volver”, resumió.
En el Centro de crecimiento personal y social establece actividades según las necesidades “porque las personas tienen distintas dificultades y debo ajustarme a lo que puedo darles”.
En este compartir con sus alumnos, Stella va conociendo sus historias y recibe de ellos “todo”, como dijo, para ampliar “nos llaman si estamos enfermos, se acuerdan de nuestros cumpleaños, se preocupan si no vamos, por eso me gusta tanto estar allí”.
En este punto aclaró que por el trabajo se recibe una remuneración, pero quedó claro que es el vínculo que se establece lo que más cuenta.
Volviendo a su compromiso con la discapacidad, que debió compatibilizar con la docencia común, también elegida y proveedora de ingresos, su trabajo no sólo es en el agua. También lo hace con distintos elementos, acordes a las necesidades planteadas en la escuela de sordos en su momento y ahora en el Centro donde concurren personas mayores.
“Busco materiales, recursos, voy creando, armando de acuerdo a esa persona con la que tengo que trabajar. No digo que sea una creativa, pero me ingenio para encontrar formas de enseñar”.
Al margen de todo lo que estudió y se capacitó, hay una gran cuota de búsqueda personal y creatividad para hacer frente a estos alumnos, lo que se cristaliza en su “esto no estaba en ningún libro”, que se le conoce.
¿Cuál es la gratificación de este trabajo, aquello que la mueve a hacer cosas por los demás, a poner su talento al servicio de los otros?
“Ver a la persona que se va contenta, que se siente bien, que me dice “lo que trabajamos hoy me hizo bien”, respondió.
“Me alegro con la satisfacción de los otros, con los cambios que se ven, como el caso de alguien que quizá un día no quería entrar a la pileta y al rato logramos que comenzara a mover un brazo, se metiera en el agua, se animara a hacer burbujitas, que se deslizara conmigo, o, tratándose de chicos con problemas de conducta, que al principio revolucionaran la pileta y en la segunda clase ya respetaban las pautas y hacían lo que se les iba indicando”.
“Esto es lo que me convence de que debo seguir”, dijo y con su relato, nos recordó al zorro de El Principito, que se alegraba mucho antes de que se produjera el encuentro con el amigo y que le enseñó “eres responsable de lo que has domesticado”.
“No se me había ocurrido”, dijo con humildad.
“Soy una agradecida de Gualeguaychú, de los docentes, los alumnos, de todos aprendí y todo me sirvió. Agradezco a quienes me confían sus hijos y también a las personas mayores que han creído en mí”, agregó, sincera.
“Pude lograr, a esta altura de mi vida, hacer cosas que me gustan, lo que creo, debe ser muy difícil de conseguir. No sé si toda la gente de mi edad puede decir “hice lo que quise”.
“No fue fácil pero estoy bien, tranquila”, dijo Stella al terminar la charla, aclarando por si hiciera falta “dentro de lo que se puede estar cuando uno tiene una vida común, como la de los demás”.
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