Editorial
Violencia en la escuela
Un alumno de trece años de edad que concurre a la Escuela N° 74 “Juan José Valle” de Concordia fue descubierto con un arma de fuego en su mochila.
Se supo que llevaba un revólver calibre 32 con cinco cartuchos en su interior.
Si bien ya intervinieron el Consejo del Niño, el Adolescente y la Familia (Copnaf), la Policía y la Justicia, el hecho llama la atención porque es evidente –aunque no se diga nada nuevo- que los problemas sociales repercuten en la escuela.
Si bien se puede sostener que se trata de un caso aislado, no deja de ser preocupante y es todo un desafío para el sistema, dado que es imperioso que ese niño –por más que haya portado un arma de fuego- debe seguir escolarizado, justamente para que la educación opere como una forma de mejorar las conductas personales y colectivas.
Sin necesidad de llegar al extremo de concurrir a un establecimiento educativo con un arma, en Gualeguaychú también se viven fenómenos de violencia y agresión entre los escolares, especialmente del nivel primario y secundario. Lo que evidencia una debilidad en la presencia familiar.
Es menester recordar el concepto de que una escuela es un espacio por excelencia en materia de socialización, además de su naturaleza que es la formación pedagógica.
Se trata de un espacio donde se adquieren múltiples saberes, y que no está exenta a la producción y reproducción de la violencia. Dicho esto es oportuno reconocer que la propia escuela es central ya no solamente para la experiencia del aprendizaje-enseñanza sino también para la integración social y contribuir a su vez a la formación ciudadana.
Una sociedad que se caracteriza también por el maltrato infantil, por una violencia familiar que va en aumento, que asiste azorada a situaciones de abusos sexuales, y con una creciente situación de adicciones, no puede mirar para otro lado y creer que se trata de un hecho aislado que ocurre en el interior de una determinada escuela.
La violencia entre pares, las situaciones de acoso o de bulling, junto con la discriminación en todas sus formas son realidades cotidianas en una comunidad. Pero no por cotidianas hay que naturalizarlas o creer que se trata de una normalidad.
La prevención, la información oportuna, contextualizada y completa, fomentar el desarrollo de las competencias y habilidades de una persona y el trabajar en redes con los distintos organismos que tienen influencia en la niñez pareciera ser un ABC institucional, pero a la hora de la práctica cotidiana no siempre se lo tiene presente.
¿Qué lleva a que un niño de trece años porte un arma de fuego entre sus pertenencias escolares? El interrogante debe interpelar al conjunto de la comunidad, más allá de que el hecho haya ocurrido en Concordia. Se insiste, en todas las comunidades la violencia que se refleja en las escuelas debería ser un motivo de trabajo permanente y colectivo.
¿Un hecho aislado? De ninguna manera, porque es un reflejo de lo que está aconteciendo en la comunidad. La violencia en la escuela es preocupante y amerita un mayor involucramiento por parte de las familias. Volver a establecer esa alianza elogiosa entre la familia y la escuela, pero también entre las autoridades y los directivos, entre los directivos y docentes y entre los docentes y alumnos es indispensable.
Si bien ya intervinieron el Consejo del Niño, el Adolescente y la Familia (Copnaf), la Policía y la Justicia, el hecho llama la atención porque es evidente –aunque no se diga nada nuevo- que los problemas sociales repercuten en la escuela.
Si bien se puede sostener que se trata de un caso aislado, no deja de ser preocupante y es todo un desafío para el sistema, dado que es imperioso que ese niño –por más que haya portado un arma de fuego- debe seguir escolarizado, justamente para que la educación opere como una forma de mejorar las conductas personales y colectivas.
Sin necesidad de llegar al extremo de concurrir a un establecimiento educativo con un arma, en Gualeguaychú también se viven fenómenos de violencia y agresión entre los escolares, especialmente del nivel primario y secundario. Lo que evidencia una debilidad en la presencia familiar.
Es menester recordar el concepto de que una escuela es un espacio por excelencia en materia de socialización, además de su naturaleza que es la formación pedagógica.
Se trata de un espacio donde se adquieren múltiples saberes, y que no está exenta a la producción y reproducción de la violencia. Dicho esto es oportuno reconocer que la propia escuela es central ya no solamente para la experiencia del aprendizaje-enseñanza sino también para la integración social y contribuir a su vez a la formación ciudadana.
Una sociedad que se caracteriza también por el maltrato infantil, por una violencia familiar que va en aumento, que asiste azorada a situaciones de abusos sexuales, y con una creciente situación de adicciones, no puede mirar para otro lado y creer que se trata de un hecho aislado que ocurre en el interior de una determinada escuela.
La violencia entre pares, las situaciones de acoso o de bulling, junto con la discriminación en todas sus formas son realidades cotidianas en una comunidad. Pero no por cotidianas hay que naturalizarlas o creer que se trata de una normalidad.
La prevención, la información oportuna, contextualizada y completa, fomentar el desarrollo de las competencias y habilidades de una persona y el trabajar en redes con los distintos organismos que tienen influencia en la niñez pareciera ser un ABC institucional, pero a la hora de la práctica cotidiana no siempre se lo tiene presente.
¿Qué lleva a que un niño de trece años porte un arma de fuego entre sus pertenencias escolares? El interrogante debe interpelar al conjunto de la comunidad, más allá de que el hecho haya ocurrido en Concordia. Se insiste, en todas las comunidades la violencia que se refleja en las escuelas debería ser un motivo de trabajo permanente y colectivo.
¿Un hecho aislado? De ninguna manera, porque es un reflejo de lo que está aconteciendo en la comunidad. La violencia en la escuela es preocupante y amerita un mayor involucramiento por parte de las familias. Volver a establecer esa alianza elogiosa entre la familia y la escuela, pero también entre las autoridades y los directivos, entre los directivos y docentes y entre los docentes y alumnos es indispensable.
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