Editorial
Un poco el reflejo del país
04/09/10 |Cualquier ciudadano pensante sentado delante de un televisor, es probable que tenga la misma sensación y opinión que la nuestra: la televisión argentina, poco o mucho, es el reflejo del país, y aquí no hacemos discriminación entre la Tv privada con la pública porque, en el fondo, son la misma cosa.
De un tiempo a estar parte, los programas televisivos han llegado a tal grado de banalidad que hace que el sujeto pasivo, o sea el televidente, se vea atrapado en medio de una crisis como nunca se hubiera imaginado.
La impresión predominante es que, bajo el imperio del rating, cualquier recurso es bueno para producir escándalo, sin que nadie pueda hacer algo para evitarlo o impedirlo. La procacidad, la chabacanería, la explotación de los más bajo instintos del hombre, son moneda corriente de los programas de la pantalla chica.
Día tras día, el teleespectador es obligado a ser mudo testigo de intimidades casi de alcoba, todo ello en medio de acusaciones e insultos que producen vergüenza ajena,
donde se demonizan valores de vida que alguna vez fueron la columna moral de la República.
Si hasta la TV pública, o sea la que financia con el dinero de todos nosotros, ha caído en las redes de la misma contaminación, nos encontramos ante un sórdido panorama que de alguna manera socava la esperanza colectiva en un país mejor. Tal vez, en medio de tanta crisis, lo único rescatable sea el canal Encuentro que, a pesar de algunos chisporrotazos ideológicos, es un sitio donde se puede disfrutar de programas de plausibles contenidos culturales, donde, por ahora, la inteligencia logra sobrevolar sobre la mediocridad.
Admitimos estar desolados ante una realidad televisiva que no nos refleja y no nos representa. Pero lo que más nos preocupa es el socavamiento de la sociedad para sostenerse en aquellos principios de vida que alguna vez fueron el orgullo de todos y el soporte de una heredad que hoy algunos están enajenando en aras de dos puntos más de rating mientras Argentina –la casa de todos- se derrumba ladrillo tras ladrillo…
La impresión predominante es que, bajo el imperio del rating, cualquier recurso es bueno para producir escándalo, sin que nadie pueda hacer algo para evitarlo o impedirlo. La procacidad, la chabacanería, la explotación de los más bajo instintos del hombre, son moneda corriente de los programas de la pantalla chica.
Día tras día, el teleespectador es obligado a ser mudo testigo de intimidades casi de alcoba, todo ello en medio de acusaciones e insultos que producen vergüenza ajena,
donde se demonizan valores de vida que alguna vez fueron la columna moral de la República.
Si hasta la TV pública, o sea la que financia con el dinero de todos nosotros, ha caído en las redes de la misma contaminación, nos encontramos ante un sórdido panorama que de alguna manera socava la esperanza colectiva en un país mejor. Tal vez, en medio de tanta crisis, lo único rescatable sea el canal Encuentro que, a pesar de algunos chisporrotazos ideológicos, es un sitio donde se puede disfrutar de programas de plausibles contenidos culturales, donde, por ahora, la inteligencia logra sobrevolar sobre la mediocridad.
Admitimos estar desolados ante una realidad televisiva que no nos refleja y no nos representa. Pero lo que más nos preocupa es el socavamiento de la sociedad para sostenerse en aquellos principios de vida que alguna vez fueron el orgullo de todos y el soporte de una heredad que hoy algunos están enajenando en aras de dos puntos más de rating mientras Argentina –la casa de todos- se derrumba ladrillo tras ladrillo…



