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martes 18 de diciembre de 2018

Jorge Méndez: el labrador de quimeras hechas canción

20/07/13 |Jorge Méndez nació el 10 de agosto de 1942 en Paraná. “Nací en el corazón del paisaje paranaense. Frente a la danza de la flecha, donde confluye la Alameda de la Federación y Bertossi, en inmediaciones al Club Estudiantes.

Es el corazón del Parque Urquiza. Antes se llamaba Avenida Rivadavia y Mendoza”, dirá como una referencia ineludible a su tierra y a su cielo.
El autor de Puerto Sánchez, Puentecito La Picada y El Jornalero –sus tres canciones que están por cumplir cincuenta años- dialogó con EL ARGENTINO en la tarde noche del jueves, en su casa ubicada en Oro Verde.
Un estudio rodeado de fotografías y reconocimientos, donde una biblioteca da la bienvenida al visitante junto a una pila de CD rodea el ambiente del autor de “Labrador de quimeras” que también se escucha en buena parte de este mundo. En ese estudio-taller se destacan sus guitarras y un piano Zimermann que también se suma a esta forma de labrar canciones para que el alma sea más buena.
Este cantor es acaso una de las voces más claras del río y del monte entrerriano. No es casual que sus canciones sean entonadas popularmente en cualquier ocasión e incluso en varios idiomas y suenen en un mundo que cada vez es más ancho pero también más cercano.

-¿Cómo era su hogar de infancia?
-Un hogar humilde, de trabajadores. Mi padre era empleado público. Murió muy joven a los 31 años, así que de él tengo recuerdos borrosos, casi vagos… pero significativos. Tocaba la guitarra. Tengo una fotografía de él con una guitarra de cuerdas de tripas y clavijero de madera. Está en esa foto en nuestra casa, que era muy humilde porque se ven los ladrillos asentados en adobe. Él tiene pañuelo al cuello. Me llena de emoción describir esa fotografía. Y siempre me llamó mucho la atención su guitarra: con cuerdas de tripas y con clavijero de madera, similar a la que tocaba (Carlos) Gardel. Mire, conozco estos aparatos nuevos que se enchufan y así y todo estoy largo tiempo tratando de afinar y siempre me pregunté cómo hacían ellos con esos instrumentos, casi precarios.

-Con la guitarra cómo se encuentra, más allá de esta referencia que explica una raigambre musical…
-Siempre digo que fue “por el imperialismo salteño” (risas). Es el único imperialismo al que elogio, lo aclaro para que nadie se confunda. Los Fronterizos me contagiaron pasión por esta música. Casualmente ayer decía que lamentablemente esa música se escucha cada vez menos. Ese sonido de los Quilla Huasi, del Chango Rodríguez, de Carlos Di Fulbio, ni qué hablar de Eduardo Falú. Todavía escucho los heroicos discos de vinilo y me maravilla lo que expresan. Insisto, cuesta cada vez más encontrarse con esos sonidos. Cuesta encontrar esas guitarras que acompañaban a Hernán Figueroa Reyes. Tal vez quien lea esto diga que pienso que cada tiempo pasado fue mejor… será un error. Lo que estoy haciendo es rescatar y destacar lo mejor de esos tiempos, porque nos son muy necesarios para esta actualidad.

-Ser original no es ser extravagante sino volver a un origen, a una fuente…
-Exactamente, se necesitan de raíces para poder volar. Pero volvamos al encuentro con la guitarra. Ya conté la de mi padre. Mi primera guitarra fue una de Antigua Casa Núñez. Estamos hablando de finales de la década del ´50, tal vez principio de los años ´60. La música se escuchaba por radio, porque tener un toca disco era una gran inversión en una familia. Mi acercamiento a la música vino por el tango.

-Me interesa el tema de las raíces familiares. Es fácil deducir que Méndez viene de España. ¿Y el resto de la familia?
-Por parte materna soy árabe, más precisamente de Damasco. Mi abuela era siria o suría como pronunciaba ella en su media lengua. “Yo no habla Castilla”, repetía. Siento orgullo por esa ascendencia árabe española, una mezcla que ha dado prodigios en la cultura. Siempre digo que cualquiera hubiera sido mis raíces, el orgullo por ellas sería parte de mi identificación.

-Cómo se forma musicalmente…
-Al principio me gustaba mucho el tango. Quedé huérfano de padre de muy pequeño y prácticamente me criaron unos hermanos de mi madre y mi abuela materna. Ellos, como buenos árabes, tenían almacén y despacho de bebidas. En ese almacén prácticamente me críe. Recuerdo que gran parte del tiempo lo dedicaba a dibujar, inspirado por la revista Hora Cero y recreando los personajes de historietas de entonces. Dibujaba y escuchaba tangos por la radio. Simultáneamente también comenzaba a gustar por un ritmo pariente del tango como es el bolero. Me gustaba el mexicano Javier Solís, y me apasionaba Roberto Yanez.

-Atahualpa Yupanqui decía que él era cantor y no cantante. Que el cantante es el que afina la nota y el cantor es aquel que desafinando tiene necesidad de decir cosas por medio del canto…
-Ese es el misterio musical. Muchos pueden dar la escala pero no transmitir nada al alma y en cambio están aquellos, grandes maestros, que desafinando a uno lo emocionan en lo más profundo de su ser. Yupanqui, Linares Cardozo, Aníbal Sampayo, Mario Millán Medina… ellos tienen la voz que emociona, que nos hace trascendentes porque son cantores. Y ellos no necesitan “apaisanarse”, porque son gente de tierra adentro, de corazón de pueblo. Son auténticos, no necesitan impostar. Por eso también son creíbles y así emocionan y conmueven los espíritus.

-Volvamos a ese despacho de bebidas, donde usted está dibujando acompañado por algún tango o algún bolero… ¿Cómo llega a componer?
-Recuerdo que en una tardecita venían unos carreros del Mercado La Paz, camino a sus hogares que generalmente estaban ubicados en el barrio San Agustín. Los carreros de entonces eran como los fleteros de hoy. Las calles eran de adoquín así que el trajinar de los carros se escucha como un sonido metálico en esa noche que comenzaba a nacer. Generalmente hacían una parada en el almacén de mis tíos para calentar el garguero y hacer algo de sociales. Yo tendría aproximadamente 18 años. Una noche un carrero le dice a otro: “Che, Moncho –a esto ponelo textual porque lo veo como si fuera hoy- cómo te fue con la changa”. Y el compañero le dice con voz medio angustiada: “Me fue mal, no pegué ni una”. Se me llenan los ojos de lágrima de sólo recordarlo, porque de ese diálogo nació todo.

-¿Y usted que hizo?
-Al instante dejé de dibujar en la cartulina. Y sin saber de dónde o por qué, me puse a escribir presintiendo que no podía perder lo que ese diálogo me estaba inspirando. Y escribí en un papel: “Qué me esperará mañana / sino gano mi jornal / hoy no he conseguido changa / no tengo ni pa´ yerbear”. Esa fue la primera estrofa de mi primera canción y hoy, a casi cincuenta años de esa noche, todavía se sigue cantando. Me refiero a la “Canción del jornalero”. Esa canción la terminé al año siguiente, gracias a que comencé a estudiar guitarra con el maestro Walter Einze.

-¿No fue esa canción que le permite ser revelación de Cosquín en 1965?
-Exacto. Previo a ello vino en 1963 “Puentecito de La Picada”, que se la dediqué a mi señora que era maestra rural en la Escuela Almafuerte y que quedaba justamente en La Picada. Luego vino Puerto Sánchez, que me ha dado tantas satisfacciones. Esas tres canciones (Canción del jornalero, Puentecito de La Picada y Puerto Sánchez), están cumpliendo cincuenta años y todavía cuando paso por alguna obra en construcción, siento que un obrero la silba; que aquel otro la tararea en una plaza de pueblo. Puerto Sánchez fue traducida al guaraní, al alemán, al inglés, al japonés. “Se despierta Puerto Sánchez en mi Paraná / la canoa pescadora se deja llevar / un murmullo palanquero, un lento matear, / un gurí descalzo juega, con arena, nada más… / Se despierta Puerto Sánchez en mi Paraná”.

-¿Cómo llega a instalarse en Oro Verde?
-Llegué en 1987, hace 26 años. Mi señora ya había fallecido. A este pueblo le hice una canción que se llama “La vida en oro y en verde” sin saber que con los años se iba a transformar en la canción oficial del pueblo. Así que en los actos oficiales se cantan las estrofas del Himno Nacional, la Canción a Entre Ríos y La vida en oro y en verde. Y cuando estoy presente en esos actos me da una mezcla de vergüenza y emoción. La vez pasada también se declaró canción oficial a “Puentecito de La Picada” y realmente en vida uno vive estos homenajes con muchos sentimientos y una gran responsabilidad, porque obliga a más.

-¿Cómo lo conoció a don Linares Cardozo?
-Ya lo venía escuchando hacía rato y todas sus canciones siempre me emocionaron. Lo conocí personalmente en la antigua Casa de Asistencia Social de la Lotería de Entre Ríos. Yo trabajaba allí, en el mismo puesto que había dejado mi padre. Habré tenido 17-18 años y la Lotería de Entre Ríos auspiciaba un programa de radio que tenía don Linares. Lo admiraba de escucharlo por la radio y cuando vino a la Lotería mis compañeros me avisaron que estaba él. Era 1964 y me acerqué con mucha timidez, pero decidido y le dije: Don Linares (porque nunca lo tuteé) rasgueo la guitarra y tengo la oportunidad de ir a cantar a Cosquín y me gustaría con su permiso cantar una canción suya. Entonces, don Linares sacó de una carpeta una canción escrita por él de puño y letra. Era un manuscrito y me dio “Lázaro Blanco”.

-Entonces en 1965 se va a Cosquín y qué canta…
-Lázaro Blanco y una canción de Ramón Ayala. En ese entonces don Aníbal Sampayo estaba de jurado. Me encuentra en una esquina de Cosquín. Estaba vestido a lo poeta: con un moño de lazo fino, cabellera larga y chambergo. Sampayo tenía estampa y estirpe de poeta y así es como lo recuerdo. El asunto es que me llama y me dice: “Entrerriano, cantaste Lázaro Blanco de Linares Cardozo y lo anunciaste como chamamé galopeado”. Entonces le digo: así es maestro, porque así me lo dio don Linares… chamamé galopeado. Sampayo me advierte que el jurado no lo iba a reconocer y me dijo que me bajaron el puntaje. Y me sugirió, como tenía que cantar al otro día, que trajera otra canción. Así fue como canté Canción del jornalero. Y así fue como en 1965 salí consagración de Cosquín. Muchos años más tarde, en una visita que le hago a don Linares Cardozo en la Villa General San Martín donde él iba a hacerse quimio terapia, le cuento la anécdota, los dos ya muy grande de edad. Y don Linares, luego de escucharla, me dice: “Estos jurados de Cosquín no saben nada”.

-¿Y ahora cómo es la vida cotidiana, luego de tanta trascendencia?
-La misma de siempre. Por suerte he vuelto a mi primer amor: la guitarra y la poesía. Ahora me acuesto por las noches con un libro de poesía o una antología de sonetos. Y cuando me despierto, bien temprano, a eso de las siete de la mañana, rodeado de silencio, me ensillo el mate y salgo a encontrarme con la guitarra. Es un ritual cotidiano, en medio de este inmenso paisaje que aprecio por los ventanales: Oro Verde se llama este paisaje, así que hay que imaginar lo que rodea. Armo el atril, apoyo mi pierna izquierda en un banquino y acomodo la guitarra. Por otro lado, a los setenta años sigo estudiando, en este caso música. Ahora abro una partitura y sé lo que dice. Estoy tocando en guitarra mucho a Joan Sebastián Bach, lo hago para mí, en soledad o en todo caso solamente con Dios como compañía o testigo. Me encanta “Jesús la alegría del hombre”. Luego de tocar la guitarra, es un placer todas las mañanas poder sentarme también a ese piano Zimermann que vino de Alemania. A veces me dan ganas de tocar música del Renacimiento y leo a Mauro Giuliani, otras veces me inspira España y toco a Dionisio Aguado. Otras veces me convoca la milonga pampeana. Esto lo hago para mí, no para el público ni siquiera para grabar un disco. Soy yo y Dios. Y cuando la guitarra me recuerda los achaques de la edad y las coyunturas empiezan a molestar, dejo la guitarra y me siento al piano… descansar para continuar. Y cuando me siento en la banqueta del piano, al estar en otra posición, mis huesos me lo agradecen. Este es un placer que me doy a los setenta años: seguir aprendiendo. Y en esa mañana, tocando música, comienzo a mirar las fotos de escenarios artísticos pero fundamentalmente de mis amigos. Me sorprende una en la que estoy con don Linares Cardozo, allá la que tengo con Víctor Velázquez, otra con Hugo Giménez Agüero… la foto de mi abuela que vino de Damasco. Y hay algo que me parece milagroso: en medio de esa situación a veces salgo a recorrer el mundo a través de internet y me sorprende escuchar una canción mía entonada en otro idioma, cantada en otros lugares. Y soy feliz, porque me emociono con ese otro que escucha.

Por Nahuel Maciel
EL ARGENTINO

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