Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Thursday 13 de May de 2021

El otro soy yo

El otro soy yo

01/27/2018 |

Por Plauto Cardoso (*)

EL ARGENTINO

“Esta es la ley. Pero existe algo que, si me hace oír el primer y el segundo tiro con un alivio de seguridad, el tercero me pone alerta, el cuarto desasosegada, el quinto y el sexto me cubren de vergüenza, el séptimo y el octavo los oigo con el corazón latiendo de horror, en el noveno y en el décimo mi boca está temblorosa, en el decimoprimero digo con espanto el nombre de Dios, en el decimosegundo llamo a mi hermano. El decimotercero me asesina, porque yo soy el otro. Porque quiero ser el otro”. Clarice Lispector, “Mineirinho”.

Literariamente, el 2018 empezó bien. Conocí, a través de mi amigo argentino Juan Ignacio Weimberg, la crónica de Clarice Lispector que reputo ser una de las mejores cosas suyas que he leído. En verdad, una de las mejores cosas que he leído. Hay algo borgiano en este cuento al que no le falta ni sobra una palabra.

Hay textos que nos marcan para siempre. Hay aquellos que nos dan la sensación de que súbitamente una luz se enciende en nuestra mente; hay otros que encienden algo en nuestra alma y hay también aquellos que nos marcan como recuerdos de nuestros límites humanos y literarios. “Mineirinho” es todo eso y un poco más.

Rumiando hace décadas mis pretensiones literarias, casi las descarté definitivamente cuando leí “Dos Hermanos” de Milton Hatoum. Es el tipo de obra tan tremendamente bien construida que pensé que sería mejor parar de pensar en intentarlo. Sabía íntimamente que nunca llegaría a crear mundos con tamaña perfección. En el libro de Hatoum, los aromas y esencias de los mercados de mi infancia en el norte del país me arrebataban con tan solo hojear las páginas.

Hay otros, sin embargo, que traen un poco más de esperanza para los aspirantes a escritores. Hacía mucho que no veía a Robert Frost sirviendo de inspiración para algo que no fuese un cliché como en el bello “O Menino, o Assovio e a Encruzilhada” del escritor y amigo Afonso Borges. El mensaje del poema original fue expandido de una forma deleitosa aunque sublimemente didáctica, y ni hablar de las maravillas de las jaboticabas y frutas brasileñas en el camino. Para quien pasó por la angustia de tener que decidir qué hacer a los 16 o 17 años, antes de haber leído Antonio Machado y sin que nadie le contase que tal decisión puede (y debe) ser tomada en el camino, el libro tiene un poder libertador inmenso. Nos ahorra mucha terapia y futuros vodkas. Seguro que se lo leeré a Joaquim frecuentemente.

Profundidad y levedad son adjetivos difíciles de colocar en la misma línea. Pero es con estos atributos, así como el libro de Afonso Borges, que la crónica Mineirinho de Clarice describe en 108 líneas y 1.448 palabras todo lo que me gustaría haber dicho, escrito o leído sobre justicia hasta hoy.

Publicado en 1978, tardé 40 años para conocer Mineirinho. Espero que no tardemos otros 40 para digerir la única solución para nuestra justicia y que Clarice nos ofreció de manera tan sucinta: “Una justicia previa que se acordara de que nuestra gran lucha es la del miedo, y que un hombre que mata mucho es porque tuvo mucho miedo.

Sobre todo, una justicia que se mirase a sí misma, y que viera que todos nosotros, barro vivo, somos oscuros, y por eso ni siquiera la maldad de un hombre puede ser entregada a la maldad de otro hombre: para que este no pueda cometer libre y aprobadamente un crimen de fusilamiento”.

La angustia de Clarice era intentar explicar por qué le interesaba más contar los 13 tiros que mataron a un criminal fusilado por la policía, que sus crímenes. Identificarse con él en su humanidad era distanciarse de la crueldad del exceso de punición. Eso no significaba absolverlo por las consecuencias de sus crímenes. La incomodidad de Clarice era la misma de Luther King: no ser parte del molesto silencio de los buenos.

En 1999, mientras vivía en la tranquila Estocolmo de aquellos tiempos, noté sorprendido la presencia de las fuerzas armadas suecas en la ruta que me llevaba a Dinamarca, camino al cumpleaños de un amigo. Viajando con Bjorn, un amigo de allá que había conocido cuando estudiábamos juntos en Sussex, en Inglaterra, le pregunté el porqué del aparente ejercicio militar en un soleado sábado del normalmente pacífico verano escandinavo. Era consciente del cinematográfico robo a un banco en el centro de Estocolmo el día anterior. Mi amigo me confidenció, con visible incomodidad y preocupación, que en ese tal asalto, por primera vez desde 1902 un policía sueco había muerto en servicio.

132. Ese fue el número de policías militares muertos hasta el 23 de diciembre del año pasado solamente en la naturalmente bella y artificialmente sonriente Rio de Janeiro, esa ciudad que dejé atrás hace dos años, con la angustia provocada por la autoinmolación emocional necesaria para que se pueda darle la espalda, por puro instinto de sobrevivencia, a una amante con la cual ya no se puede vivir más, pero a la que todavía se ama.

Clarice, al igual que Vinícius de Moraes, Lígia Fagundes Telles, Monteiro Lobato, Castro Alves y tantos otros, también estudió derecho. Hicieron más por el derecho y la justicia que el contemporáneo y recurrente legocentrismo que divorcia el derecho de la realidad social, la praxis jurídica de la social.

“Esa justicia que vela mi sueño, la repudio, humillada por necesitar de ella”, afirmó Clarice.

Sin aulas, sin poesía, nos seguiremos matando.

 

 

(*) Plauto Cardoso es escritor, docente, investigador y abogado en las áreas de Derecho Constitucional, Derecho Procesal Civil, Derechos Humanos, Derecho y Política y Derecho y Literatura/Cine. Ama Gualeguaychú.

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