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Monday 14 de June de 2021

La insoportable levedad del ser

03/04/2018 |“Y yo podría soportar, aunque no sin dolor, que hubiesen muerto todos mis amores, pero enloquecería si muriesen todos mis amigos”. Vinicius de Moraes.

Por Plauto Cardoso (*)

EL ARGENTINO

La finitud es algo tan incómodo para el ser humano que en algunas culturas como la nuestra prácticamente se finge que no existe. Es algo para densos discursos filosóficos. En términos religiosos, nos apegamos mayoritariamente a la idea de una hipotética –no tanto para algunos- continuación de la existencia actual, como el bonus de la eternidad. O a alguna creencia en idas y vueltas como en el espiritismo, algo ya olvidado en Francia, pero muy popular en el colorido sincretismo religioso brasileño.

“Si el ser humano pensase sobre su evidente finitud, seguramente se paralizaría, no conseguiría realizar nada”, oí un día de estos, de un famoso médico coordinador de un exitoso núcleo de captación de órganos para donación. Él ciertamente tiene contacto con la finitud del ser humano intensamente.

“Si nos diéramos cuenta de que podemos morir en cualquier momento, ¿querríamos morir como idiotas?”, preguntó varias veces Don Juan, el chamán y mentor de Carlos Castañeda, a lo largo de los varios volúmenes de la mítica y mística obra.

La visión del brujo es la opuesta a la del médico. Don Juan nos enseña que no debemos desperdiciar un único segundo de nuestra breve existencia en acciones que reputamos innecesarias. Con aguda noción de su finitud, consciente de que la muerte está a una pequeña distancia a su izquierda y puede tocarle el hombro en cualquier instante, el hombre vive de forma más centrada. No querrá morir haciendo algo que le desagrada y que no respeta.

El lector que a esta altura ya me conoce de alguna forma, sabrá que abrazo la visión de Don Juan.

Son otras, sin embargo, las penas culpadas de darme una visión agudamente lúcida del horror y de la angustia de la finitud. Gabriel García Márquez, en “Doce Cuentos Peregrinos”, nos relata un sueño que cierta vez tuvo cuando vivía en Barcelona. Soñó que había muerto y que participaba a pie, con sus amigos latinoamericanos, de su propio funeral. Estaban todos muy contentos, él inclusive, por estar reunidos después de tanto tiempo. Fue solo en la despedida de la algazara que se le vino el peso de la muerte. Uno de sus amigos, en el momento en que todos salían, le dijo con voz severa: “eres el único que no puede irse”. García Márquez se aterra así con la más desoladora definición de la muerte para él (y para mí también): “Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos”.

Me agradó un poco más la solución del minero Murilo Rubião en su icónico “O Mágico Zacarias”. Su personaje, un poco más rebelde que el difunto de García Márquez, después de ser victimado en un atropello, se rehúsa a morir y va a beber con sus verdugos. Deambula eternamente por la ciudad y aunque de él eventualmente las personas huyan, resiste obstinadamente a despedirse de sus amigos.

A los que todavía creen que vale la pena perder amigos a causa del juicio de un político, les recuerdo la sugerencia del columnista y humorista brasileño José Simão: “Pelear por política en Brasil es como tener un ataque de celos en la zona roja. No hay vírgenes en la política en Brasil”. Esto incluye sus publicaciones en las nubes de la posverdad.

No mueran como idiotas. “La vida es muy corta para ser tan pequeña”, ya decía otra voz responsable por mi visión sobre la finitud, el siempre primorosamente atormentado Fernando Pessoa.

En 2018, dos de cada tres sudamericanos van a elegir un nuevo presidente. Espero que no se emule por toda América Latina el contexto narrado por mi gran amigo y hermano argentino, el defensor público Ricardo Golly, cuando describía los tiempos sombríos de nuestros padres en las últimas dictaduras argentina y brasileña, en las cuales “el simple acto de pensar, de ser generoso, de ser humano, era visto como subversivo”.

¡Qué miedo me dan los años electorales en nuestros países! Estábamos intentando resolver problemas sociales con el código penal en las manos. Como en una crónica de un fracaso anunciado, en vez de cambiar la lógica, la recrudecemos: ¿por qué no colocar tanques y militares armados, con fusiles apuntados hacia gente simple e inocente, en las calles de las villas de la ciudad que se esfuerza en convencerse de que es maravillosa?

Un niño no debería conocer el caño de un revólver de frente.

Lo bueno es que siempre que les escribo, vuelve la esperanza. Vinicius seguramente tenía razón, “la gente no hace amigos, los reconoce”.

Nunca conté tanto los días para una elección democrática con miedo de que nunca llegue.

(*) Plauto Cardoso es escritor, docente, investigador y abogado en las áreas de Derecho Constitucional, Derecho Procesal Civil, Derechos Humanos, Derecho & Política y Derecho & Literatura/Cine. Ama Gualeguaychú.

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