Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
martes 18 de diciembre de 2018

Trenzas de Oro

02/12/18 |

Cuando todavía existía la URSS, fui invitado a visitarla y realicé varios viajes, algunos con estadías largas, salpicadas con escapadas a mágicas regiones como la Siberia, Samarkanda y Bukara, pasando por las costas del río Volga, en uno de cuyos pueblos había nacido mi abuela Margarita, bajo bandera alemana.

Trabajé en Moscú, en el famoso circo. Daba unas vueltas a la pista sobre una elefanta, tocando La Cumparsita con mi acordeón. Pude conocer a Alex Popoff, el payaso más grande del mundo y al escritor infantil Lev Ustinov, que dará motivo a la anécdota de esta nota, querido lector.

Los rusos cultos de esa época iban a estudiar a La Habana, adonde aprendían a hablar un castellano con acento de Celia Cruz que resultaba exótico.

Lev Ustinov me hizo conocer el “tout Moscú” en lo que al mundo del teatro se refiere.

Fui a circos adonde trabajaban vacas amaestradas, las primeras que vi en mi vida y como si fuera poco, gansos que bailaban y hacían pruebas.

En esos tiempos, el comunismo agonizaba y el invierno cruel, lo era más todavía porque había restricciones en el consumo de petróleo y en mi hotel solo estaba permitido un baño una vez por semana. Me preguntarán si se podía “percibir” en la gente la falta de higiene y debo contestarles que sí, de una manera salvaje.

Era imposible cambiarme en el camarín de los artistas del Circo de Moscú y prefería hacerlo en el toilette que estaba helado pero se podía respirar.

Una primavera, visité un viejo palacio moscovita de la época de La Guerra y La Paz, en las afueras de la ciudad. Se llamaba Ostanquinov y estaba completamente abandonado.

Recuerdo la sala de baile, con dorados estucos deteriorados, un enorme boquete en la cúpula por donde entraba la lluvia, y pasto alto creciendo en las grietas del piso de exquisita marquetería. Espero que hoy esté restaurado y puesto en valor, porque mi sensibilidad de artista no pudo resistir esa visión apocalíptica.

Vamos a los bifes. Con Lev Ustinov fuimos a un teatro estatal infantil, cuyo nombre se me pierde en los vacíos de la memoria, adonde todo era de la medida de los niños. Asientos pequeños y dimensiones acordes con seres humanos de menos de un metro de altura.

Se representaba una bella leyenda, de esas con príncipes y princesas y ogros y caballeros valientes y hadas buenas, con una escenografía maravillosa, como solo los rusos pueden hacerla. Todo iba bien, los niños disfrutaban del teatro y reían y gritaban fascinados. Apareció la princesita de las Trenzas de Oro y un rato después el gallardo príncipe. Ambos eran actores insignes de la URSS, condecorados y reconocidos oficialmente como figuras de la cultura. El problemita menor, según como se lo mire, es que su trabajo de princesita y príncipe era eso, un trabajo que duraba hasta la jubilación, porque eran funcionarios del estado.

La princesita, muy delgada y cuidada, tendría más de sesenta y el príncipe otro tanto.

Me dijo mi amigo que esa obra se estaba representando con la misma gente hacia más de treinta años.

Supongo que los niños no se daban cuenta de que la princesita podía ser su abuela.

La respetable señora llevaba varias capas de maquillaje, pestañas y peluca.

El príncipe tenía la pancita sesentona y cuando se sacaba el birrete con pluma, podía verse que la calvicie iba ganado rápidamente la batalla contra el pelo. Jaja!...todo entendible pero no por eso menos curioso. Termino recordando que en Buenos Aires asistí a una comedia musical, adonde una actriz que no quiero nombrar hacia de vieja. Llegaba al teatro dos horas antes para que el maquillador le hiciera el laborioso trabajo de avejentarla. Cuando terminaba la función y salía a saludar al hall del teatro, se la veía más vieja que cuando estaba caracterizada en escena. Jaja!..¿Hacerla maquillar sería una galantería del director para darle ánimos? Dibujar arrugas sobre las arrugas es, un decir “llovido sobre mojado”. Pipo Fischer

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