Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
martes 25 de junio de 2019

El ánimo social

11/01/19 |

Por Guillermo Pellegrini*

Opinión

La sociedad actual padece el síndrome de la frustración constante. Es un sentimiento de impotencia, una actitud emocional que aparece cuando algunos deseos o expectativas no son cumplidos. Existe una discrepancia entre lo que quiero y no puedo lograr, algo desagradable que surge al no poder conseguir lo anhelado. El tema es complejo y controvertido.

Junto con la ira es una cosa común en la gente hoy en día. Lo ideal es poder controlarla para que la persona viva normalmente en un grupo humano heterogéneo, competitivo, donde la armonía se maneja, se construye en base a las tensiones constantes, que por otra parte es su riqueza cuando funciona bien. Ya que la indiferencia corona todo el entorno, el deseo de construir y hacer te abandona. En la sociedad actual donde la mayor parte de las decisiones y situaciones están en un estado de urgencia, inmediatez, con total incapacidad para esperar o tolerar, como todo tiene que ser aquí y ahora; ya sea por los intereses de la corporación, la coyuntura social o una cuestión de estado, es sinceramente alienante.

Se trata de que la persona sea capaz de afrontar los desafíos diarios, pero no siempre la frustración es transitoria, tenemos cuadros de angustia y complicaciones de la personalidad, se impone montar una tolerancia que sabemos es un aprendizaje. Recordemos reflexiones anteriores al ser nuestra sociedad frívola, trivial, materialista, egoísta, una carrera al éxito inmediato a cualquier precio, caiga quien caiga, el entorno no ayuda, al contrario te juega en contra, no hay tiempo para frustrarse, ni comprensión o mano fraterna que te ayude, esto produce además una terrible soledad y mucha agresividad.

Ya que tratamos desde que nos levantamos de poder asumir la imposibilidad de obtener todo, que seamos francos, es un deseo no una necesidad, que si no se da te frustra. Cada vez son mayores las cosas que nos dicen que debemos tener para ser felices.

Es una carrera de locos, nos llenamos de estrés, se empeora si somos muy exigentes con nosotros mismos, creamos situaciones de convivencia, llevamos al hogar los conflictos de la competencia o del querer ser.

En función de la experiencia es como actúa la gente, “la actitud tiene como eje directriz la experiencia”, Charles Vereker. Si busca trabajo durante un largo tiempo y tuvo varios rechazos, seguro que va a la entrevista número once con pesimismo, sin energía, mal predispuesto, por lo tanto las posibilidades que le vaya bien son escasas. Esto produce frustración.

No es el interés de esta nota hacer un análisis psicológico del tema, estamos intentando delinear la frustración general para comprender algunos problemas sociales. Por lo tanto la frustración en algo o en varias cosas, tiene repercusiones en otras, es un dominó, siendo difícil de contener. Existe un desgaste, un riesgo y un costo. Produce un mal humor general, un enojo constante en la sociedad, ante las promesas incumplidas, el cuerpo social muestra que no está bien, algo le sucede.

Entramos en lo que se llama la curva del desencanto, impulsada por cambios en las realidades, dilemas y necesidades de la agenda del corto plazo, con pérdida de legitimidad, relevancia. Donde los tiempos políticos dejan el enfoque estratégico del largo plazo, por los requerimientos del momento más los efectos del contexto regional y global, las crisis económicas, las ambiciones de poder de los que quedaron afuera, o de algún proceso electoral de resultados inciertos, complican situaciones que deberían estar controladas y dispuesta para poder desarrollar una sociedad. O sea una sociedad integrada.

La desesperación no se cura con distracción. “El antídoto a la desesperación es la esperanza, la fe en las posibilidades de todo ser humano” nos dice Kierkegaard. Si no hay esperanza, la voluntad se debilita y nos quedamos atrapados en la desilusión.

Es necesario advertir que mientras en las instituciones líderes, fuentes de poder junto a la sociedad, predomine una actitud de indiferencia ante esta situación, sus consecuencias de disgregación social, inseguridad, violencia y las cuestiones morales se irán agravando permanentemente.

*Guillermo Pellegrini es Maestro Normal y Lic. en Ciencia Política

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