Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Wednesday 11 de December de 2019

Katmandú, cuando el olvido es conveniente

12/31/69 |Estoy bajando hacia la recepción del hostal en donde me alojo. Todavía mantengo la cara de piedra con la que me quedé mirando mi casillero abierto, y la desaparición de una buena cantidad de dólares que tenía guardados para el viaje.

 (Colaboración)

Mi compañero de habitación, un hindú con el que estuve conversando, ha desaparecido del hostal y no ha dejado ni rastros. Llevo menos de un día en Nepal, y he comenzado de esta manera…

Con los propietarios del hostal vamos a la comisaría a hacer la denuncia. “No te preocupes, la policía de Nepal es una de las mejores de Asia" me dicen. Ya en el lugar, escribo en un formulario una breve descripción de los hechos y nos dicen que volvamos mañana. Al día siguiente, nos llevan a otra oficina en donde hay policías uniformados y otros que están vestidos de civil. Hacen llamadas telefónicas y al cabo de una hora me informan: “El sospechoso tiene documentación de la India, el problema es que entre India y Nepal no hay controles migratorios para los ciudadanos de esos países. Si el individuo salió de Nepal, será muy difícil dar con él. Le informaremos si hay novedades”.

En el hostal, para compensarme, me regalan un trekking con un guía incluido al Campo Base del Annapurna, el décimo pico más alto del mundo. Para mitigar el sinsabor, recorro Katmandú a pie. La ciudad, al igual que la mayoría de las capitales asiáticas, es un caos de tránsito. Hay gente que lleva barbijos para protegerse de la polución. Me detengo a tomar un té en una cantina callejera. Sólo sé decir dos palabras en nepalí, ‘namaste’ y ‘dhanyabad’, pero que son suficientes para sacarle una sonrisa a la mujer que me atiende. Mientras tomo la infusión, me entretengo sacándole fotos a una madre que juega con su pequeña hija. Más tarde, atravieso un gran descampado en donde hay hombres que juegan al fútbol y al cricket, los deportes más populares en Nepal.

 Pruebo el ‘dal bhat’, el plato típico del país. Para comerlo la gente no utiliza cubiertos, lo come directamente con las manos. Lo sirven en una bandeja y consiste en una ración de arroz hervido acompañado con pequeñas porciones de espinacas cocidas, carne de pollo, un caldo espeso de lentejas, unas papas con chauchas en salsa, y algún otro vegetal desconocido condimentado con picante. Lo comen en el desayuno, en el almuerzo o en la cena. Se diferencia del resto de los platos en que se puede repetir las veces que uno quiera, pagando solo una vez. Se puede decir que el ‘dal bhat’, es el alimento nacional.

Converso con unos nepalíes que me preguntan por la opinión que tenemos los argentinos sobre Nepal. Lo hacen convencidos de que tienen mala reputación ante nuestros ojos. Les pregunto la razón. Me contestan que Inglaterra ganó la guerra de Malvinas utilizando soldados del ejército nepalí, los Gurkas. Les aclaro que el común de la gente no asocia a Nepal con Malvinas, y que apenas sabemos que es el país en donde está el Monte Everest o en donde nació Buda Gautama.

 Deambulo por el Thamel, el barrio más turístico de la ciudad. Hay una calle peatonal llena de tiendas de ropa para hacer deportes de montaña. Abundan las agencias de turismo que venden trekkings al Campo Base del Everest, al Santuario del Annapurna y a otros parques naturales de la Cordillera del Himalaya. Hay muchos turistas europeos y entre los asiáticos predominan los de Corea del Sur. Latinoamericanos, casi ninguno.

Visito la famosa Plaza Patan Durbar y la contemplo desde una terraza mientras tomo un té de limón. Deambulo por las calles y cruzo azarosamente pequeños templos en donde la gente, la mayoría con sus frentes pintadas, se detiene a realizar pequeños ritos. Voy a la Gran Estupa, un monumento sagrado en donde los devotos hacen reverencias como si fuesen autómatas. Termino el día en el Templo de los Monos observando vistas panorámicas de Katmandú.

 En Nayapul, antes de comenzar el trekking , se acerca un hombre a venderme artesanías tibetanas. Mientras me muestra unas pulseras me cuenta que en 1959, luego de la invasión de China, sus padres se exiliaron del Tíbet y se mudaron a Nepal. Me explica que vive en un campo de refugiados con más de novecientas personas. Para que me ilustre con la historia, me recomienda que vea la película ‘Siete años en el Tíbet’. Le digo que la he visto en más de una ocasión y que, de hecho, algunas escenas fueron filmadas en Argentina, en una provincia que se llama Mendoza. Le compro una pulsera roja para espantar las malas energías. El hombre se despide diciendo: “Que tengas un buen camino”. Empiezo a caminar y, todavía indignado por el traicionero hurto, me digo a mí mismo: “En esta vida, compañero, como no sepas olvidar, estás literalmente perdido”.

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