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Friday 10 de July de 2020

Japón en modo cuarentena

05/01/2020 |Es miércoles 29 de abril en Kuala Lumpur. La mañana es silenciosa y apenas se escucha el murmullo de algún auto que pasa a lo lejos. La monótona vida en confinamiento me lleva a revisar fotos de los viajes. Entre las imágenes de Japón encuentro un archivo con el bosquejo de una crónica de finales del 2018. El texto dice así:

Martín Davico

(Colaboración)

 

¡Por fin he llegado a Fukuoka! Finalmente podré ver el Gran Torneo de Sumo del mes de Noviembre, el último que se celebra en el año. Apenas hago el check-in en el hostal, voy con la ansiedad de un niño a sacar una entrada anticipada al Fukuoka Kokusai Center. En la puerta del estadio hay carteles con imágenes de los más famosos rikishi, los luchadores de sumo. Hay puestos que venden camisetas y merchandaising. En la boletería , justo frente a mí, dos luchadores pasan vestidos con kimono. Les pido una foto y, sin esbozar una sonrisa, me dicen en inglés: “Claro, ¿Por qué no?”.

 Temprano, a la mañana siguiente, desayuno rápido y salgo hacia el estadio. El lugar está prácticamente vacío pero los primeros combates ya han comenzado. Como hay tiempo, me escabullo por los rincones y llego hasta el pasillo en donde los luchadores esperan el turno de su pelea. Moles de al menos 130 kilos, peinados hacia atrás, entran en calor y hacen estiramientos imposibles.  

En el Sumo, el deporte nacional de Japón, ganar consiste en sacar al oponente del ring o lograr que cualquier parte de su cuerpo, a excepción de las plantas de los pies, toquen el suelo. Antes de que empiece la pelea, los luchadores realizan ritos relacionados con el sintoísmo, la religión nativa de Japón: levantan uno de sus pies y lo golpean violentamente contra el suelo, o para purificar el ring arrojan puñados de sal al suelo.

Los rikishi demuestran enfado o frustración cuando, ya posicionados para pelear, interrumpen el inicio del combate porque no se sienten listos para el choque. Algunas peleas duran menos de cinco segundos.

Al mediodía hay una pausa y salgo a comer algo. Deambulo por unas callejuelas y encuentro una especie de comedor social al aire libre. Los comensales son ancianos que toman ramen, la típica sopa japonesa. La mujer que me atiende, cortésmente me pregunta de dónde soy. Cuando le digo de donde vengo, no dice ‘un país modélico en integración e igualdad’. Tampoco dice, ‘nación conocida por la obsesión de sus gobernantes en promover la educación’. La mujer, con la característica amabilidad nipona, me dice sonriendo: “¡Sí, en tu país son muy buenos jugando al fútbol!”.

Termino mi almuerzo y regreso al estadio a mirar los combates de la tarde. El estadio se ha llenado de público y adquiere una atmósfera futbolera. A las seis de la tarde estoy empachado de ver peleas. Antes de que el espectáculo termine, salgo disparado a tomar el Shinkansen que me llevará a Nagasaki, mi próxima ciudad…

Es jueves 8 de noviembre en Nagasaki y viajo en tranvía hasta la sugestiva parada ‘Museo de la bomba atómica’. Camino algunas cuadras para llegar al museo. En la sala principal suena una música que de por sí conmueve. Se exhibe un retorcido reloj de pared, que sobrevivió al ataque nuclear y que marca la hora en que se produjo la explosión. En otro cuarto hay una réplica exacta de ‘Fat Man’, como apodaron los americanos a la bomba que cayó en la ciudad: tiene la forma de un huevo amarillo, con una base cuadrangular y tres metros de altura…

Continúo el recorrido y voy al Parque de la Paz. En una columna que marca el punto en donde detonó la bomba, el hipocentro, un grupo de escolares realizan una ceremonia y dejan como ofrenda un arreglo floral. La columna está rodeada de escalones circulares que emulan a una onda expansiva. Hay todo tipo de placas conmemorativas y se exhiben los restos de un muro de la Catedral de Urakami, un templo católico que sobrevivió a la explosión. A los pies de la Estatua de la Paz, también decenas de escolares celebran un acto conmemorativo…”.

El texto de Japón termina así, inacabado, pero me trae recuerdos de cosas que ya no recordaba y que ni siquiera había asimilado... Tal vez ahora, que lo que más sobra es tiempo, sea la ocasión para revisar a conciencia de qué manera nuestros actos han repercutido en la realidad. Porque no será difícil imaginar a las próximas generaciones agarrándose la cabeza cuando hablen de nosotros: “Imaginate si habrán sido burros y tontos, que ni si quiera se daban cuenta del paquetito que nos estaban dejando”.

 

 

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