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Monday 1 de March de 2021

La memoria compartida se cuenta con el corazón: “llegó la tele al barrio”

La memoria compartida se cuenta con el corazón: “llegó la tele al barrio”

12/05/2020 |    

Por Amalia Doello Verme (*)

EL ARGENTINO

 

¡Era el notición! Y corrió de boca en boca por todo el barrio y más allá: Los vecinos se habían comprado un televisor.

Una mezcla rara se apodero de todos los guríses de la cuadra: curiosidad, ansiedad y el deseo profundo de estar frente al aparato.

Pero lo que nos llevó el día entero fue la minuciosa observación que hicimos desde la vereda de enfrente, sentados en las amigables raíces de dos añosos eucaliptos, varios hombres se subieron al techo con caños, alambre, herramientas…

¿Qué iban a hacer?

Nosotros queríamos saber ¡de qué se trataba! (Por ser guríses chicos no nos asistía el derecho).

Nuestras hipótesis eran variadas:

El techo se llueve y lo van a arreglar.

Van a poner un caño para la luz eléctrica.

Nos movíamos de un lugar a otro para tener un buen ángulo de observación, pero nuestra investigación no nos proporcionaba datos que calmara nuestra ansiedad.

Hasta que mi hermano “Chifliqui” decidido a finalizar esta incertidumbre tomó la iniciativa; cruzó la calle (Pasteur; entre Constitución y Lavalle) y en actitud (heroica para nosotros) fue y encaró al primer adulto que estaba cerca: ¿Qué están haciendo en el techo?

¡Salí de acá! ¡Córrete, córrete!, se puede caer algo y romperte la cabeza. Ándate a tu casa.

Por la cara que traía nos dimos cuenta que la acción detectivesca había fracasado.

Otra cosa sucedía alrededor de la casa; otros hombres tomaban medidas y clavaban estacas… ¡y ahora más confusión!

Acertaron a llegar nuestras hermanas que por orden de mi mamá nos venían a buscar. Les insistimos para que se quedaran con nosotros y las atosigamos a preguntas.

Una de las respuestas nos hizo decir al unísono: ¡antena para ver televisión!

Piensen queridos lectores que sesenta años atrás los niños (nosotros) sufríamos de mágicas fantasías que nos hacía volar en una alfombra; que nos angustiábamos cuando un lobo feroz se comía una abuela y la nena de tapadito rojo estaba en peligro (hagan ustedes memoria de cómo fue su niñez y de qué sufrimiento mágico padecían)

¡Que hermosa infancia!

Volviendo al tema de la antena, háganse idea de cómo voló nuestra imaginación.

Llegamos a casa que estaba a la vuelta de donde nos esperaba mama y papa.

Fueron ellos los que preguntaron: ¿Qué estaban mirando?

En lo de (…) están colocando una antena dijo uno de mis hermanos.

Parece que hay que subirse al techo para ver televisión… (dijo el menor).

Todos se rieron a carcajadas.

A la tardecita fuimos casi todos a mirar la antena de la que todos hablaban.

Y allí estaba: un caño galvanizado de por lo menos 3 metros de alto y coronando al extremo superior una parrilla; sostenían el conjunto, tiros de alambres amarrados por estacas al suelo.

El barrio era un hervidero de comentarios:

Cuando venga tormenta, se cae todo.

Que peligro si alguien va pasando y se cae.

¿Eso funciona con electricidad?

No los quiero cansar con todos los diálogos de los adultos que no hacían más que reflejar nuestras dudas (nosotros creíamos que “los viejos” sabían todo).

Cada cual volvió a su casa; ya era la tardecita. ¡Qué día más intenso!

Esperamos turno para bañarnos, después a comer y luego a dormir.

¿Por dónde habremos andado? ¿A qué lugares maravillosos nos llevaron los sueños esa noche? Lo más probable es que más de uno soñó con la antena.

Algunos… varios… muchos días después…

Una señorita que vivía en la casa nos invitó a ver televisión.

La condición era que cada uno llevara una moneda de diez centavos para la alcancía preparada para tal fin.

Corrimos a buscar la monedita que nos abriría la puerta.

Ante el requerimiento urgente mi madre nos dio una moneda a cada uno (éramos cinco)

Nos dijeron: ¡Pórtense bien!, pregunten si cada vez que vayan tienen que llevar la moneda.

Nuestras moneditas fueron las primeras en caer en la lata (por el ruido que hicieron al caer).

Pasamos a otra sala… y allí estaba la tele, sobre una primorosa mesita que tenía ruedas.   Ya llegaron nuestros cumpas de la cuadra y nos hicieron sentar en el suelo y “prendieron” la tele.

Contarles lo que fue ese primer momento, el primer contacto con la tecnología: imagen y sonido en un aparato; que además necesitaba una antena para funcionar. Nos costó mucho tiempo, en comprender la parte física de este fenómeno.

Pero volviendo a las emociones, las reprimimos todas porque:

Estábamos en casa ajena.

Nos habían dicho “que nos portáramos bien”.

Porque la señorita de la alcancía estaba sentada muy cerca.

No podíamos ni chistar.

A las 17 horas comenzaban a emitir los dos canales:

Canal 12: Uruguay.

Canal 7:  Argentina.

Para captar la señal había que orientar la antena; alguien se subía al techo y giraba el caño, mientras que otro de abajo le gritaba, cuando la señal era captada en el televisor, que lejos de ser una imagen nítida, por momento parecía que llovía adentro de la tele.

Ni bien salimos y ya de regreso a casa le dimos rienda suelta a las emociones y más aún porque cuando llegamos nuestros padres y hermanos mayores querían saber y nos preguntaban todo.

Verborragia, euforia, aumento de la autoestima y hasta nos sentíamos orgullosos de haber visto “televisión”.

Mi mamá estaba enfocada en la contribución económica de la entrada: ¿se acordaron de preguntar, si todas las veces debíamos llevar la moneda?

La respuesta era obvia… pero nos habíamos olvidado.

Pasaron los días y poco a poco el aparato nos fue atrapando.

Hubo un antes y un después de la aparición de la tele en nuestras vidas.

La preocupación era tener el metal abre puerta.

Hicimos menos collares con flores, menos “comiditas en latitas de paté.

Los gurises ya no peleaban por las figuritas.

Aprendimos que cuando la aguja chica está en el 5 y la larga en el 12 era la hora para que: “Daniel Bon”, “El hombre del rifle”, “Caravana”, “el llanero solitario”, “Daktari con claren, el león ciego”, el capitán piluso (con Olmedo)”, “Titanes en el rin” y las de terror: “Frankestein”, “los cuentos de Alfred Hitchcock”.

Me cuenta mi hermano Héctor que una noche, él y un primo, José Benedeti se quedaron hasta el final de una de terror y salieron a la vereda muertos de miedo y no se animaban a dar un paso más.

La espesura de las lilas que rodeaban la casa, no existía el alumbrado público, noche sin luna.

Dice que se habían tomado de la mano bien fuerte; se prometían regalarse todas las figuritas, las bolitas, etcétera.

La casa de José estaba a 20 metros y nuestra casa a la vuelta. ¿Pero cómo harían? Cuando el primo entrara a su casa, Héctor quedaría solo.

Entre risas me sigue contando que cuando creyeron que el destripador venía por sus vísceras vieron aparecer una luz que se acercaba. Era Trico, un hermano mayor, que por mandato de mamá lo mandaba a buscarnos, estimando la finalización de la programación. La luz era un farol de querosene que llevaba Trico, era la luminaria más hermosa que había en mi casa, “sol de noche”.

Esperaron que José entrara en su casa y ya en la nuestra lo esperaba una leche caliente. Esa noche descubrió lo que es el miedo.

Me prometió buscar al primo para evocar este momento y otros, que nos hicieron tan felices.

 

(*) Amalia Doello Verme decidió en esta pandemia traer e la memoria “muchas de las historias vividas, y me pareció que sería bueno compartirlas con los vecinos que fueron protagonistas de estos relatos”, sostiene la autora y agrega: “Mi intención es sacarles una sonrisa y hacerlos viajar en el tiempo para revivir de alguna manera momentos dramáticos y otros humorísticos”.

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