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Diario El Argentinojueves 25 de abril de 2024
Opinión

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Concentración mediática, palabra y verdad

Concentración mediática, palabra y verdad

     


Por Conrado Yasenza (*)

 

¿Qué hacer como periodistas, desde el oficio, para no ser meros diagnosticadores de la realidad y ante la concentración mediática? ¿Crear medios periféricos contra hegemónicos que democraticen la palabra? ¿Alcanza? ¿Es posible? ¿Desde dónde ejercer un control sobre la creación de falsas noticias? ¿El Estado? ¿Sólo el Estado? ¿La decisión política de un partido en el gobierno? ¿La unión y concientización de los trabajadores de prensa? Quizá una de las respuestas posibles sea la articulación del mapa de medios alternativos, cooperativos, para no enfrentar por separado el monstruo de la concentración comunicacional. Un aspecto importante es la discusión por la distribución de la pauta oficial, aunque en este presente de entreveros comunicacionales con terminales políticas, ese debate abona más el terreno de la división que el de la posible comunión de medios en eterna desventaja – y aquí también existen gradaciones.

Esta ruptura es la que vive hoy la Argentina y el mundo. Estamos inmersos, somos rehenes, del universo de las noticias falsas que no sólo niegan la realidad sino que construyen otra casi de forma irracional, donde el razonamiento y los argumentos o fundamentaciones no cuentan, no son condición necesaria para objetivarla, para validar su condición de verdad, de existencia; esa construcción es política y es elaborada desde los medios concentrados/hegemónicos como una verdad totalizadora que tiene por objetivo desgastar, derribar gobiernos incómodos para el poder real; ese sistema complejo propio, en palabras de Raúl Zaffaroni, del tardocolonialismo financiero, que articula concentración económica con sectores de la justicia y medios de comunicación, y que trabajan en tándem a través de fake news y lawfare (o falsas noticias y persecución judicial) para la instauración de un poder político subalterno.

La manipulación de la opinión pública es, entonces, una cuestión de comunicación, pero también es política y cultural en tanto que afecta procesos y desarrollos sociales, y como tal está vinculada a la tecnología comunicacional propia de cada período histórico. Con la revolución tecnológica de fines del siglo XX, comenzó la comunicación electrónica/digital y con su desarrollo surgieron las llamadas redes sociales que crearon la expectativa de una sociedad abierta, democrática y plural. Esta percepción de inicio – tal vez un poco ilusoria, y discutida críticamente por cientistas del campo de la filosofía, la sociología y la comunicación – se vio cooptada por la creación y difusión de fake news/noticias falsas, y por la organización de redes de trolls dedicados a incidir en los procesos políticos valiéndose de metodologías basadas en la injuria, la estigmatización y la difamación sin ningún tipo de límites. Así, las nuevas tecnologías de la información fueron capturadas por ese entramado financiero-comunicacional que generó no sólo la neutralización de las posibilidades de expansión democrática de palabras y discursos, sino su utilización como herramientas de construcción o creación de realidad.

Cuando todo esto confluye, se organiza, se hace discurso y sentido común, el debate tanto político como comunicacional se vuelve imposible, resulta tóxico, y de este panorama deviene, sin remedio alguno, el odio y la violencia. Estamos en ese delicado momento, en ese atardecer neblinoso en el que la furia torna en oscura cerrazón.

 

(*) Conrado Yasenza es director de la revista digital La Tecl@ Eñe y esta columna de Opinión fue publica en Télam.

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