Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Miercoles 28 de Julio de 2021

Diálogo con Juan Pablo Oppen, productor agroecológico: “Es posible integrar la cultura productiva con la naturaleza y hacerlo de manera elogiosa y sustentable”

14/06/2021 |Juan Pablo Oppen nació en Gualeguaychú el 21 de julio de 1966; está próximo a cumplir 55 años. Es el menor de tres hijos del matrimonio que formaron sus padres Arturo Emilio y Marta Grané.

Por Nahuel Maciel

EL ARGENTINO

 

El viernes por la mañana dialogó con EL ARGENTINO sobre su experiencia de dejar la arquitectura y el desarrollo inmobiliario para dedicarse a la producción agropecuaria en la estancia San Luis, de 2.260 hectáreas, propiedad de su familia paterna.

“La mitad de esas hectáreas es monte nativo y la otra mitad tiene aptitud para la producción agrícola”, aclara para especificar: “De esas hectáreas con aptitud agrícola, más de la mitad fue recuperada y se destinan a un sistema de pastoreo racional. Es decir, desde hace unos cinco años el impacto animal en esas casi 600 hectáreas ya es una presencia beneficiosa”, dice con orgullo, pero sin vanidad.

“Todos los años convierto hectáreas en producción agroecológica ganadera y ello conlleva una inversión enorme. Tengo que implantar pasturas, porque no hay nada, es suelo muerto. Con ese proceso productivos estamos muy conformes porque nos damos cuenta que vamos muy bien”, dice para alejar prejuicios.

Lo que es monte nativo, están las vacas de cría, que da al Arroyo Gualeyán: se trata de un espacio de biodiversidad increíble y que en manos de los Oppen está muy protegido. “Y gran parte de ese predio lo incorporamos a la red de reservas naturales privadas de Argentina. Es un lugar que puede tener fines turísticos, de observación, de senderismo, de investigación y educación, entre otros destinos”, indica con entusiasmo.

En diálogo con EL ARGENTINO, explica cómo llegó a la agroecología y por qué para él, se trata de un sistema que es rentable y que además es amigable con el ambiente y la calidad de vida.

 

-Proviene de una familia paterna muy tradicional vinculada a la actividad agropecuaria y de una familia materna con una influencia sensible por las artes. ¿Cómo influyó en sus decisiones vocacionales y luego en el desarrollo profesional?

-Las influencias familiares siempre están, porque es la primera referencia que tenemos para desarrollarnos en la vida. Por ejemplo, cuando decido irme a estudiar Arquitectura no generó ningún conflicto. Somos de una familia agropecuaria desde mi bisabuelo, que más allá de haber sido abogado y político, tuvo un fuerte arraigo y desarrollo con el campo. Estoy hablando del siglo XIX. Luego, mi abuelo, inmigrante, que cuando llegó se tuvo que hacer cargo del campo que estaba en manos de colonos. Y hago un paréntesis, porque esa es una historia muy similar a la que viví con los arrendatarios. Pero, sigo en la línea del tiempo. Mi abuelo emigró desde los Estados Unidos y siempre tuvo una impronta muy progresista. Tecnificó el campo y para mí fue de un pensamiento que en su época era de avanzada y por eso para mí es una brújula, un punto de referencia para orientarme. Luego siguió esos pasos mi padre, que tiene una vida que es testimonio del compromiso con la ruralidad y el diálogo entre el campo y la ciudad. Fue presidente de la Sociedad Rural durante doce años; y en su gestión se compró, para dar un ejemplo de ordenamiento territorial que debe tener toda sociedad, el predio de Urquiza al Oeste y sacó los corrales de la ciudad. Mi hermano Arturo estudió para ser técnico en producción agropecuaria. Y, tal vez, en mi caso personal haya tenido alguna influencia de mi madre que es artista plástica y escritora.

 

-Se quedó pensando.

-Sí, justamente me vino una imagen nítida: la carrera de Arquitectura la disfruté muchísimo, sin contradicciones o dudas vocacionales. Y de la misma manera ejercí la profesión, porque junto a otras personas hicimos un estudio de arquitectura, ingeniería e inmobiliaria. Durante casi veinte años estuve vinculado a esa actividad, tal vez más inclinado hacia el desarrollo inmobiliario que a la creación arquitectónica específica. Y hace seis años, por una circunstancia especial, asumí la administración del campo; pero sin ninguna preparación, excepto la vivencia familiar.

 

-Es necesario visualizar la decisión: un cambio rotundo en el ámbito profesional, al dejar el desarrollo inmobiliario y la arquitectura para dedicarse al campo; y una vez en el campo, afrontar un cambio de paradigma en la matriz productiva.

-Cuando tomo la administración del campo, al principio fue una tarea de poner los números en orden, de planificar. Nuestro campo había estado casi veinte años arrendado para que terceros hicieran agricultura, con una alta carga de insumos químicos. Esa situación generó cierto abandono de las instalaciones, se desmantelaron galpones, se descuidaron los alambrados, se destruyó la infraestructura ganadera. En esos primeros tiempos la mayor tarea fue de reconstrucción y simultáneamente ir capacitándome en los distintos temas vinculados con la producción agropecuaria, De casualidad, en ese camino de aprendizaje, me encuentro con alguien que me dice: “Vos que estás nuevo en esto, tenés que saber que hay distintas alternativas productivas. Hay otra forma de producir, muy diferente a lo que hace todo el mundo y esa es la agroecología”. Y como estaba libre de todo prejuicio y hambriento de conocimientos, me fui comprometiendo con la temática. Y otra cosa que valoro: provenía de una buena experiencia como desarrollador inmobiliario cuando asumí la conducción del campo; y lo hice con confianza, porque estaba dispuesto y muy comprometido a capacitarme. Esa es otra clave para afrontar desafíos: saber que siempre tenemos que capacitarnos, que siempre tenemos que estar dispuestos a aprender, que siempre habrá alguien que nos podrá enseñar aquello que necesitamos; y ante un emprendimiento, nunca estaremos solos para superar nuestros propios miedos o temores. Y en esto quiero destacar que siempre tuve y tengo el acompañamiento de mi padre, de mi hermano, cuyas ideas y consejos son vitales.

 

-Y a Eduardo Cerdá, que es una referencia a nivel internacional en la materia, ¿cómo lo conoció?

-Justamente, en ese tiempo él estaba visitando Gualeguaychú invitado por la Municipalidad en el marco del debate por la Ordenanza que finalmente termina prohibiendo el Glifosato en la ciudad. Sabía que él era una referencia de la agroecología e incluso en su dimensión extensiva, y así lo invité a que visitara el campo. Vino, me contó de qué se trataba lo que estaba planteando e incluso me mostró con ejemplos comprobables que era posible. Como suelo ser escéptico o necesito de evidencias, le dije que quería conocer cómo funcionaba, pero en el terreno. Y él me puso como ejemplo un campo que queda en la localidad de Benito Juárez, en la Provincia de Buenos Aires y es “La Aurora”, que pertenece a un productor que se llama Juan Kier.

 

- ¿Entonces?

-Me contó que Juan Kier hace más de veinte años se había dado cuenta que tenía una responsabilidad enorme como productor de alimentos. En ese entonces se cuestionó que no estaba produciendo alimentos, sino solamente plata. Y esa interpelación le pesó mucho, como me pesaba a mí también. Así le propusimos a Cerdá ir a conocer el campo “La Aurora”. Fuimos hasta allá y regresé encantado, convencido que es posible y que es necesario para aspirar a una mejor calidad de vida.

 

-Cuando dice que es posible, incluye la rentabilidad.

-Por supuesto. Es una manera integral de producir. Cuando se habla de rentabilidad o de ganancias, la referencia es personal. A partir de cierta escala hay ganancias importantes teniendo en cuenta al otro; y después está la ambición, donde nada importa. La realidad –y los valores- de cada uno tornará ese límite de rentabilidad, que será más alto o más bajo. Juan Kier es un claro ejemplo de ello: a él no le interesaba lo suntuoso de la riqueza sino solventar su calidad de vida. Tiene a sus hijas en Alemania, a las que visita por lo menos una vez al año. Es decir, tiene un bien estándar de vida. Entonces, la ecuación de una productividad que tal vez sea menor por no usar insumos como agrotóxicos, a él como a muchos de nosotros, nos es suficiente. Y quiero aclarar que no condeno a quien quiera ganar más. En absoluto.

 

-De hecho, hay personas que planifican las guerras para producir más plata. Nadie puede hacerse el distraído con eso.

-Por supuesto, y agrego en el mismo sentido: también están aquellos que planifican envenenar para ganar más plata, y luego son los mismos que ganan plata ofreciendo la cura de ese envenenamiento. En la agroecología uno trata de imitar a la naturaleza, que es sumamente dinámica. Y al hacer eso, uno se involucra en el cambio permanente, en la evolución, en el desarrollo.

 

-Lo que usted propone no es otra cosa que el diálogo entre la cultura y la naturaleza.

-Así es, además de animarse que es posible conservar-usando. Tenemos que partir de la conciencia que toda actividad humana productiva, tiene consecuencias. Del mismo modo tomar consciencia que el humano es parte de la naturaleza. Entonces, es posible integrar la cultura productiva con la naturaleza y hacerlo de manera elogiosa y sustentable. Cuando pensemos en la responsabilidad social o ciudadana, debemos preguntarnos qué estaremos haciendo mal o qué podremos mejorar. Y así nos daremos cuenta que el único parámetro no puede ser la cuenta bancaria. Para que nadie se confunda: para la agroecología la cuenta bancaria es importante; pero no es lo único ni tampoco lo que tiene que prevalecer. Es un todo integral. La economía tiene que ser sana y sustentable. En mi caso, comencé a descubrir un universo que es fabuloso y me genera un entusiasmo diario. Llevo casi seis años con la agroecología y ya no nos imaginamos producir de otra manera.

 

-Además, en esa práctica se da también el diálogo entre el saber académico o científico y el saber ancestral o secular.

-Claramente y es un diálogo muy enriquecedor, donde cada uno de ellos se enriquecen aún más. Justamente, como sociedad o como civilización padecemos que los conocimientos que tienen que dialogar entre sí, los aislamos o los colocamos a cada lado de una grieta. En mi caso no condeno a nadie. Todos somos productores e imagino que abrigamos la nobleza de producir alimentos. Lamentablemente, la circunstancia del país hizo que desde hace 25 años se fomente el monocultivo (y el monocultivo genera el pensamiento único). No puede ser que la prioridad sea solamente generar dólares sin importar sus consecuencias. Argentina se caracterizó durante muchas décadas como un productor de alimentos de calidad y hoy lo único que hacemos es vender mucha soja y encima rociada con agrotóxicos, con venenos. Entiendo que sea difícil salir de esa matriz productiva; del mismo modo advierto que no se está teniendo en cuenta la cuestión de la salud ambiental –que es indispensable para continuar produciendo- y que la economía sea sana en su escala humana. Estamos degradando y perdiendo la biodiversidad, incluso esas pérdidas también la sufren quienes la provocan; es decir, los que impulsan los “commodities”. Y eso se observa al percibir a algunas entidades como Aspresid (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa), los Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola y Cambio Rural, entre muchos otros, están admitiendo que tienen graves problemas de fertilidad, de erosión, de malezas resistentes. Todavía hay productores que les cuesta admitir que el modelo les genera problemas. Y no lo admiten, porque de aceptarlo se obligarían al cambio. Y otra aclaración para no herir susceptibilidades: en mi caso personal no tuve nada que cambiar, porque comencé de cero. Entonces, entiendo las complejidades, encima con un Estado que no suele acompañar de manera sabia para generar esas transiciones.

 

-Está bueno que no condene a quién no lo sigue.

-Es así. Lo único que aclaro es que está en juego entre uno y otro modelo es nada menos que la vida. Pero, no condeno a quien todavía no se animó a hacer el cambio. Mis amigos agricultores tienen un fin tan noble como el que creo tener yo. Tenemos distintas maneras de producir. Cada vez son más las personas que toman consciencia que es necesario hacer un cambio hacia la agroecología y esa matriz productiva está teniendo cada vez más adhesiones. Desde hace 25 años que se está haciendo monocultivo. En esta zona, la soja desplazó a la ganadería. Entonces, muchos campos sojeros están con sus instalaciones desmanteladas. Chicos que nacieron hace treinta años, posiblemente no hayan ido nunca al campo y si lo hicieron fueron contadas las veces. Hoy en un campo de soja no hay nada para ver. No hay yerra, no hay arroyos con aguas sanas. Es un desierto verde, como se suelde describir.

 

-Llama la atención que en Gualeguaychú, salvo las políticas públicas de la actual gestión municipal, no haya desde el sector privado iniciativas comprometidas con el ambiente y el desarrollo sustentable.

-Es cierto, en otras localidades pueden ver a Gualeguaychú mejor posicionada ambientalmente, pero por su lucha contra la presencia de las pasteras en el río Uruguay, es decir, un movimiento colectivo integrado por lo público y lo privado. El Programa de Alimentación Sana, Segura y Soberana (PASSS) para mí es una iniciativa formidable, porque le brinda herramienta al productor para generar alimentos sanos y sin recurrir a agrotóxicos. Eso se gestó en un contexto polémico por la famosa grieta ideológica, cuando deberían observarse que es una cuestión de vida, de salud del ambiente y de las personas. Y se podría hacer mucho más si las personas dejaran atrás ciertos prejuicios ideológicos. En ese contexto, nuestra estancia San Luis ha tomado otra relevancia porque hemos impulsado una serie de capacitaciones con docentes con nivel internacional, de diferentes realidades productivas; hemos traído a un experto como Jairo Restrepo, a (Eduardo) Cerdá, a Nacho Simón que es un mexicano especializado en micro organismos, a Juan Dutra que vino desde el Uruguay y es un pionero y referente en pastoreo racional, que es lo que estamos haciendo. Y estas capacitaciones han convocado a muchos productores y personas de todas partes del mundo. Vinieron desde el Japón, de España, de otras partes de Europa, de muchos países latinoamericanos, de casi toda la Argentina y, extrañamente, muy poquitos de Gualeguaychú. Aunque la única excepción se da cuando convocamos al tema ganadero de manera específica, que suele tener más adhesión local. Junto con Maximiliano Níssero y su padre Heraldo somos los primeros que empezamos con pastoreo racional y sin utilizar agrotóxicos. Es evidente que a las personas les cuesta mucho el cambio de matriz productiva.

 

-Pero, la agroecología tiene cada vez más adhesiones.

-Así es. La agroecología crece todos los años a lo largo y ancho del país, aunque todavía no se haya desarrollado lo suficiente en Gualeguaychú. Participo de muchos cursos y cada vez me asombro más por la cantidad de personas que comparte esas capacitaciones. Incluso, muchas de ellas se dan en los propios campos, donde uno observa con sus propios sentidos en el terreno lo que se está desarrollando. Y lo otro que quiero destacar: en la agroecología se están involucrando cada vez más productores, propietarios de la tierra y no fondos de inversiones o pool de siembra o ganaderos. Es el propietario el que se está sumando, porque se ha dado cuenta que la pérdida de biodiversidad lo ha descapitalizado, aunque haya tenido alguna rentabilidad en ese lapso. Entonces son muchos los que se han dado cuenta de las terribles y nefastas consecuencias que tienen las malas prácticas, que provocaron el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el deterioro del propio capital y eso los hace involucrar cada vez más en la agroecología, pensando en las generaciones futuras y buscando cada vez más la sustentabilidad. Insisto con esa figura: son propietarios, no rentistas.

 

-Y como toda transición, el tiempo es un factor influyente.

-Así es. A la agroecología se le critica una menor productividad, una menor escala. En nuestro caso, con la actividad ganadera, estamos demostrando que la escala no tiene importancia: que puede ser una producción pequeña o grande y eso genera buenos resultados. Está claro que cuando se inicia una transición, hay que tener tiempos. No hay que olvidar con esto que vengo insistiendo: venimos desde hace 25 años con una agricultura química. Y cuando una persona quiere comenzar a producir de manera agroecológica, tiene a la tierra sin materia orgánica, sin microorganismos, erosionada, sin biodiversidad y con un banco de malezas enorme que siempre estuvo disimulada por los agrotóxicos. Cuando comenzamos en la estancia “San Luis”, no lo hicimos desde cero, porque en realidad arrancamos menos diez. Incluso el sistema productivo que generó todas esas condiciones ambientales adversas, me exige ahora que de una cosecha a otra le demuestre que la agroecología es mejor en términos de rentabilidad. Así es imposible, porque es injusto. Sin embargo, el tiempo nos da la razón. Y luego de estos seis años, podemos entablar la discusión para demostrar que somos más o tan productivos como ellos, pero con muchísimos menos costos, con menores insumos, sin deudas en dólares y obteniendo igual o más rentabilidad.

 

-Otra vez se quedó pensando…

-Me estaba acordando que cuando mi abuelo llegó a la Argentina en 1929, se encontró que el campo estaba tomado por colonos. Se propuso ser productor, no rentista. De a poco fue llevando adelante el campo, construyendo una planta de silo modelo para su época, su cabaña logró importantes premios, y fue considerado un innovador por sus pares. Eso nos marcó a todos de una manera increíble, y prueba de ello es que conozco esa historia casi al detalle porque a su vez me la transmitió, con mucha pasión, mi padre. La memoria compartida de una familia es una escuela de vida. Y por eso ahora tanto mi hermano como mi padre me brindan su absoluta confianza en esta matriz agroecológica. Sobre todo, mi padre, que durante muchos años fue sufriendo al ver cómo se iba deteriorando el campo por esta situación del monocultivo y por la propia responsabilidad de uno que quedaba cómodo en la renta que percibía como arrendatario. Y entre vender el campo o generar un cambio, nosotros optamos por animarnos al cambio. Y todos estamos satisfechos con la experiencia lograda.

 

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