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Jueves 27 de Enero de 2022

Una oposición demasiado apurada para definir liderazgos

Una oposición demasiado  apurada para definir liderazgos

12/12/2021 |Dentro de Juntos por el Cambio, algunos parecen estar demasiado apurados. Interpretan la victoria de noviembre como algo definitivo que requiere posicionamientos rápidos y consagraciones en el menor tiempo posible

Por Gonzalo Arias

 

Otro 10 de diciembre pasó, y como cada dos años desde el regreso de la democracia en nuestro país en 1983, un tercio de los Senadores y la mitad de los Diputados culminaron sus mandatos. Algunos renovaron su banca, otros cruzarán el salón de los pasos perdidos y cambiarán de Cámara, y el resto retornará a sus carreras políticas provinciales o se retirará definitivamente de ella. Al mismo tiempo, los y las nuevas legisladoras que fueron elegidos en las urnas el 14 de noviembre prestaron el juramento de rigor para poder asumir sus funciones, quedando así sellada la composición del nuevo Congreso para los próximos dos años, caracterizado principalmente por la necesidad de negociación, dada la imposibilidad tanto del oficialismo como de la principal coalición opositora en ambas cámaras de garantizarse el quórum solo con los legisladores propios.

El martes 7 de diciembre fue primero el turno de los 127 diputados nacionales, una ceremonia que desde hace algún tiempo se caracteriza por dejar como dato de color los excéntricos juramentos que realizan algunos de los nuevos legisladores, fuertemente rechazados por quienes se aferran a los reglamentos y normas protocolares. Este año no fue la excepción, e incluso se profundizó la tendencia a realizar declaraciones grandilocuentes con posicionamientos políticos personales y también por jurar por el pueblo de las propias provincias. El tiempo luego dirá si estas promesas y convicciones pueden mantenerse cuando entren en conflicto con otros factores, como por ejemplo las directivas y lealtades partidarias. Por su parte, el 9 de diciembre fue el turno de los 24 senadores nacionales, 9 por el oficialismo y 15 para la oposición, que se caracterizaron por una mayor solemnidad a la hora de pronunciar sus juramentos, ya que sólo tres se apartaron de las opciones del libreto reglamentario.

Pero más allá de los actos formales y las anécdotas folklóricas, la Cámara de Diputados atrajo la atención esta semana por el anuncio de la ruptura interna del bloque radical, el epílogo de semanas previas de tensiones y desavenencias que se desataron a raíz del debate sobre la continuidad de Mario Negri en la presidencia del bloque, cuya escalada no pudo resolverse. Fue Emiliano Yacobitti el encargado de publicar el comunicado oficial que informó que 12 diputados que responden al Senador Lousteau armarán un bloque propio, UCR Evolución, encabezado por Rodrigo De Loredo, que de todas formas será parte del Interbloque de Juntos por el Cambio. El interbloque opositor quedará así conformado por al menos ocho bloques diferentes, que agrupan a 116 legisladores. Todo indica que con esta rebelión interna consolidada, finalmente Negri no mantendrá la conducción del interbloque, y será Ritondo quien ocupe ese lugar.

Entre las razones que esgrimieron para justificar la decisión, los diputados señalaron su desacuerdo “con que se repitan las mismas vocerías que vienen expresándose en nombre del partido desde hace décadas”. En otras palabras, los mayores cuestionamientos pasan por la falta de renovación de los liderazgos partidarios, que según los integrantes del nuevo bloque impiden transmitir la imagen de un partido moderno, abierto y que responda con propuestas innovadoras a las demandas de los tiempos y el mensaje de las urnas.

Más allá de que las internas no son ninguna novedad para un partido centenario como el radicalismo y de que al final del camino no importan tanto las composiciones formales de los bloques sino cómo votan efectivamente los legisladores cada proyecto sometido a su consideración, lo cierto es que el quiebre y la conformación de un nuevo bloque de diputados en el contexto actual no es tampoco un dato menor, que tampoco puede entenderse sin poner la mirada en el panorama más amplio.

En primer lugar en el Senado, en donde Lousteau quedó aislado frente al acuerdo mayoritario entre el formoseño Naidenoff, firme aliado de Morales, que continuará al frente del bloque radical, y el flamante senador Cornejo que presidirá en interbloque de Juntos por el Cambio, asegurándose así un atril relevante en el cierre de los debates parlamentarios. Incluso, perdió la vicepresidencia a manos de la nueva estrella del radicalismo santafesino Carolina Losada. Sin apoyos suficientes para rebelarse en esta Cámara que le es hostil, el quiebre se trasladó entonces al espacio en donde sí tiene la fortaleza para formar un espacio más contundente.

Otra mala noticia para el ala de Yacobitti y Lousteau fue la pérdida del comité nacional de la Juventud Radical, que lideraban desde hace 18 años. La nueva Presidenta, la correntina Valeria Pavón, del espacio la Causa Nacional apadrinado por Valdés, se impuso por encima de la Cantera Popular. En esta misma línea, la rebelión en diputados también adelantó la pelea por el premio final, la presidencia del Comité Nacional de la UCR. El mismo día de la ruptura, la mesa directiva del partido con Morales y Negri a la cabeza definió al viernes 17 como el día de la votación del codiciado cargo nacional. Y aunque aún la presentación formal de Lousteau como candidato es una incógnita, todo indica que Morales alcanzaría los números sin inconvenientes.

Pero mientras en el plano nacional el ala de Lousteau no tuvo una buena racha, el panorama es mucho más amigable en la Ciudad de Buenos Aires, en donde Larreta consolidó la alianza con el díscolo sector radical a través de la incorporación de nuevas figuras radicales al gabinete porteño. Con los ojos puestos en el 2023, el Jefe de Gobierno busca fortalecerse en la disputa por el liderazgo de Juntos por el Cambio, que hoy es desafiado tanto por el radicalismo, que parece no aceptar ya un rol secundario dentro de la coalición, como también por resistencias de otros sectores del PRO que aspiran a disputarle la conducción natural del partido.

Pero mientras en las últimas semanas el radicalismo dejó expuestas sus grietas abierta y escandalosamente a los ojos de toda la sociedad, el PRO barrió temporalmente las diferencias bajo la alfombra y mostró una foto de unidad en un encuentro federal de legisladores nacionales y autoridades partidarias. Tampoco trascendieron grandes enfrentamientos a la hora de designar a las autoridades de los bloques parlamentarios nacionales. Sin embargo, y a pesar de evitar la confrontación abierta, están latentes las pujas al interior del partido por el liderazgo y también por las posibles alianzas con apoyos cruzados a los diversos sectores de la UCR.

La realidad es que todas estas tensiones y enfrentamientos, más visibles al interior del radicalismo pero que también se perciben en todo el arco opositor, luego de una victoria electoral frente a un gobierno que se caracterizó justamente durante los dos años que lleva en la gestión por los cruces internos y las desavenencias, resultan incomprensibles para la mayor parte de la sociedad. Especialmente en un contexto complejo y difícil, marcado por la incertidumbre económica, la inflación persistente, el fantasma de la devaluación, el acuerdo pendiente con el FMI, y también por desafíos sociales impostergables como la pobreza y el desempleo.

En este escenario y frente a los grandes problemas que Argentina necesita encarar de forma urgente, los comunicados, fotos y titulares de dirigentes discutiendo por bloques, cargos, protagonismos y liderazgos resultan poco digeribles para la ciudadanía en general, y especialmente para quienes hace pocas semanas atrás depositaron un voto de confianza a quienes prometieron unidad y un comportamiento diferente al del Frente que hoy gobierna.

En definitiva, a sólo pocos días de una victoria electoral, y cuando la gente le reclama a la política en general y a los dirigentes en particular, el mayor nivel de responsabilidad, dejando de lado egos y mezquindades, la oposición parece estar lejos de estar a la altura de las circunstancias y de las responsabilidades de los tiempos. Y si de forma previa a la cita electoral fue el oficialismo el que no supo escuchar las importantes demandas ciudadanas, ahora parece ser la oposición la que tampoco supo interpretar el mensaje que dio el resultado de las urnas.

Algunos parecen estar demasiado apurados, leyendo e interpretando la victoria de noviembre como una victoria definitiva que requiere posicionamientos rápidos y consagraciones en el menor tiempo posible. Pero la realidad es que falta mucho tiempo para el 2023, y en el camino hay desafíos importantes a encarar tanto para el oficialismo como también para la oposición. Especialmente, cuando no hubo tampoco ganadores ni perdedores definitivos, y la historia nos enseña que pensar que las elecciones legislativas determinan el resultado de las siguientes elecciones presidenciales puede ser un error que se paga demasiado caro.

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