Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
martes 18 de diciembre de 2018

Una carta de amor

26/11/10 |Por Nahuel Maciel - El mesón de Jeremías está ubicado en inmediaciones de la Avenida Costanera, justo cuando el río se confunde con el cielo, siempre bajo la tutela de las sombras largas de la isla Libertad.

Es una esquina ancha, donde también la panorámica permite dominar el reflejo de lo que fue el ex Frigorífico y donde la ciudad se hace más extensa por los barrios que se asoman en la orilla de arroyos y cañadas.
El mesón de Jeremías tiene mesas rústica, vestidas de manteles a cuadros que pueden ser azules o rojos, de acuerdo al turno de la lavandería. Sillas de respaldo ancho y largo, permiten que los comensales puedan sentirse cómodos.
Los parroquianos llegan al mesón con sus historias y sentimientos, justamente porque Jeremías tiene esa rara cualidad de saber equilibrar las emociones con los sabores.
La historia de hoy remite a ese tiempo donde los barcos llegaban al puerto y eran un punto de referencia para acceder a las informaciones del mundo exterior.
El Tano, como se lo llama a don Ángel, llegó a la Argentina desde Italia. Lo hizo como tantos inmigrantes el 27 de julio de 1945, cruzando “la mar” en el buque Vittoria, que había zarpado de Génova trayendo a quienes huían de la guerra.
“Mi recuerdo más vivo remite al rostro de mi abuelo, más triste que sonriente. Abrió su “Verdulera” y se puso a cantar una vieja canción para despedir a mis padres que emprendían el viaje más largo de su historia: emigrar hacia Argentina”, cuenta El Tano con el peso de los años.
“Luego recuerdo la cubierta del buque, el viento obligándome a cerrar los ojos y esos pañuelos agitándose en el puerto y la baranda del barco que no me dejaba ver la despedida. Tenía quince años”.
-El mar es como una tela grande, pero tan grande que no tiene límites, me decía mi mamá al saber que mis ojos no alcanzaban a percibir ese infinito que se perdía detrás del horizonte líquido de olas y sal.
-Mi madre, que se llamaba Ángela, me preguntaba si las tierras en Entre Ríos eran como este mar que no tenía límites y llegaba hasta el infinito. ¿Serán los campos inmensos como el mar? ¿Te imaginas un mar de verde pasto, de trigales, infinitos hasta el horizonte? –me preguntaba con una sonrisa mientras me revolvía los cabellos con sus dedos que me transmitían seguridad y ternura al mismo tiempo.
El Tano hace una pausa y saca una hoja amarillenta.
-En este papel escribí las cosas que tenía miedo de olvidar cuando emprendimos este viaje para siempre.
Y lee, con voz emocionada pero vigorosa: plaza, fuente, río, montaña, árbol, casa, aceitunas, juguetes, amigos y en medio de esas palabras, un nombre de mujer: Lucrecia.
El Tano viene al mesón de Jeremías porque dice que al estar cerca de la orilla del río, puede viajar a través del agua hasta su Génova natal.
-Parto todos los viernes desde el mesón por esta correntada fluvial, llego a la desembocadura del Gualeguaychú con el Río de los Pájaros y bajo hacia el sur, hacia el Río de la Plata y de allí cruzo el océano hacia Génova y me detengo en su puerto, justo en el preciso instante donde las gaviotas se alborotan para saludar a los viajeros.
El ritual en el mesón siempre es el mismo, como todos los rituales. El Tano llega más o menos a las nueve de la noche. Se detiene por un instante en el umbral del mesón, se saca su boina y la sostiene con sus dos manos delante de su cuerpo y saluda a todo el mundo con una sonrisa que se le dibuja en la mirada.
Jeremías le da la bienvenida y lo invita a sentarse bien cerca de los ventanales, en una mesa que siempre le tiene especialmente preparada: una tabla de queso de campo con salamines picado fino, aceitunas negras ya descarozadas y aceitunas verdes rellenas con morrones. Y la infaltable jarra con forma de pingüino con ese vino tinto tan especial, porque se bebe a la hora donde el cansancio se hace amigo de los pensamientos más íntimos.
El Tano se sienta frente al ventanal y ordena con voz ceremoniosa: “Jeremías, lo de siempre”.
“Lo de siempre” es una pizza con fainá o mejor dicho, fainá con pizza; porque es en ese orden como le gusta a El Tano.
Para hacer el fainá Jeremías utiliza medio kilo de harina de garbanzos, un litro y medio de agua, una cucharadita y media de sal y una cucharada de aceite.
Jeremías diluye la harina de garbanzos en un litro y medio de agua y revuelve bien y lo deja reposar una noche. Al día siguiente retira todo lo que flota que no es otra cosa que espuma e impurezas, le agrega una taza de aceite y sal a gusto y la revuelve bien. Vierte la mezcla en una asadera aceitada y la mete a un horno muy caliente.
El secreto de un buen fainá es que no se pegue a la asadera y para eso hay que aceitarla bien aceitada y en lo posible precalentada antes de verter la mezcla.
Jeremías dice que el espesor de la mezcla en la asadera es un factor crítico, si es muy finito se pega, pero si es muy grueso ya no se cocina. Lo ideal es que tenga un espesor de cinco milímetros.
Luego, Jeremías le acerca a El Tano una pizza a la Napolitana bien cargada con fainá y lleva todo en un plato de madera redondo, con la espátula ya cargada con una porción.
El Tano sigue su relato, porque cuando piensa en Génova piensa también en sus raíces y sus alas. Vuelve la mirada sobre ese papel amarillento donde escribió palabras que son ideas fuertes, para no olvidar.
Entonces le pide a Jeremías “lo de siempre”. Pero esta vez, luego del fainá “lo de siempre” no es otra cosa que hojas para escribir cartas muy finas, casi transparentes. Jeremías se las acerca junto con una birome Bic amarilla trazo fino, previo a retirarle los platos de la mesa.
El Tano se queda en silencio y escribe una carta de amor con destino a Génova.
“Son innumerables los momentos de amor que hemos compartido desde que llegué a estas tierras tan anchas como el mar que nos separa.
“En esta distancia que se mide por su geografía pero fundamentalmente por el tiempo, debemos comprender que en el amor nunca aparece el cansancio. Y a pesar de que el tiempo me ha hecho olvidar el tono preciso de tu voz, sigo estremeciéndome ante cada palabra que me escribes y todo mi ser vuelve a temblar con sólo imaginarte una y mil veces.
“Cuando te leo te escucho y me olvido de las penas del mundo.
“Siento alegría por saber que nos amamos. Porque en ese querer, la vida ya es distinta y hasta el aire de río tiene el aroma de tu sonrisa.
“El corazón me palpita como un caballo salvaje y en este sentimiento que siento por ti, hasta el mundo me ve más bueno.
“Es largo este camino del amor, pero en cada carta siento que nos tomamos de las manos y que lo transitamos con alegría.
“Bueno querida, hace ya más de 65 años que no nos vemos, pero seguimos unidos. Vos mirando ese mar tan inmenso que nos une y yo labrando los campos floridos para nuestro encuentro.
“Sé que ahora será distinto. Esta es la última carta de amor que nos escribimos. Después de 65 años volveremos a vernos. Esta vez en una tierra verde que es tan extensa como la mar. Aguardo tu llegada como la tierra aguarda la lluvia y como este amor espera por el encuentro”.
Dejó de escribir. Se dejó llevar de nuevo por el río y sonrío satisfecho. Bebió el vaso de vino, pidió la cuenta con un gesto con la mano y Jeremías le respondió que esta vez invitaba el mesón. Se fue caminando despacio hacia los Galpones del Puerto, siempre sonriendo y como todos los viernes, depositó la carta para que la llevara el río.

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