Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Domingo 5 de Diciembre de 2021

Sarmiento: amedallador de ideas en frases

Sarmiento: amedallador de ideas en frases

Dice Sarmiento con contundencia: “Son las ideas las que regeneran o pierden a los pueblos. La falta de ideas es la barbarie pura” (OC, t. XXV, p. 105). Él fue siempre un hombre de ideas dispuestas para la acción. El peso que les da como removedoras del status quo cultural es clave. De allí lo emblemático de la frase  que escribió con carbón en la roca, en los baños del Zonda: “Bárbaro, las ideas no se matan” (que él atribuye a Volney, y Groussac, a Fortoul). Y que don Domingo traduciría, en otro sitio, como “Las ideas no se degüellan”, con neta apelación a los procedimientos de la hora (tanto unitarios como federales disponían en sus filas de degolladores de oficio).

Elaborar un fraseario de Sarmiento que cifre sus ideas tiene sus riesgos, por aquello de: “Dame una frase fuera de contexto y hago ahorcar a su autor”. La historia nos alecciona sobre estos casos.

Sarmiento es un buen plasmador de títulos: Civilización y barbarie, De la educación popular, Argirópolis, La educación ultrapampeana. Y, a la vez un excelente medallista de frases. Tal vez esta capacidad la desarrolló en el ejercicio periodístico por la necesidad de forjar titulares seductores o atractivos. Véanse algunos ejemplos, sin salir del t. I de sus OC: “Lo que gana el extranjero con nuestra anarquía”, “El teatro como elemento de cultura”, “Los gallos literatos”, “Fisiología del paquete”, “Un enterrado vivo”. A esto le debemos sumar su político saber del valor de los lemas como herramientas de lucha ideológica, de lo que era muy consciente y de lo que tuvo buenos modelos, desde la leyenda de la bandera de Facundo: “Religión o muerte”. Van algunas muestras: “Hay que hacer las cosas, mal, pero hacerlas”. “Mientras haya chiripás, no habrá ciudadanos”, “Argentino es el anagrama de ignorante” (frase que la ignorancia argentina atribuye a Benavente, con motivo de su viaje a la Argentina); “Provinciano en Buenos Aires, porteño en las provincias y argentino en todas partes”.

Una tercera razón sería la tendencia de su carácter a lo categórico, que le motivaba   frases apodícticas, sin margen para la apelación o la duda. Su temperamento romántico, además, lo inclinaba a los contrastes y al claroscuro, a la polarización extremosa y a las fórmulas efectistas.

Algunas de sus frases encierran una estimación sintética de todo un problema, cifra en un par de renglones todo un enfoque desde un punto de vista. Algunos ejemplos: “La civilización fue boleada”, “Las vacas dirigen la política argentina”, “Las cárceles deben ser escuelas”, “Las escuelas son la democracia”. “Necesitamos hacer de toda la República una escuela”, “Las novelas han educado a la mayoría de las naciones”, “La pampa es la naturaleza en carne viva, como la madre la parió”, “El ecucalipto será el marido de la pampa”, “El aspecto del suelo me ha mostrado a veces la fisonomía de los hombres”, El que pide, agacha”, y podríamos seguir con muestras similares.

Su tendencia recuerda la expresión de  Nietszche:   “Decir en una frase lo que se dice en un libro. Decir en una frase lo que no se dice en un libro”. En efecto, hay frases, como la del subtítulo de Facundo, que encierran in nuce toda una concepción de la realidad argentina. Esto se ve claro en la descendencia de reflexiones y titulados de la mayor diversidad interpretativa que ella ha generado. Y nada digamos de las lecturas de sus términos en relación copulativa o disyuntiva: “Civilización y barbarie”, “Civilización  o barbarie”, que han dado pie a largas disquisiciones.

Muchas de sus frases son seminales, es decir, encierran en sí todo un árbol de follaje desplegable en un discurso amplio: “Vaciar de golpe la Europa en América”, “De la educación de las mujeres depende la suerte de los Estados”, “Un edificio  inadecuado es un error petrificado”, “Los libros piden escuelas, las escuelas piden libros”, “El papel es el pan de la civilización”. “Los viajes son el complemento de la educación de los hombres”, “El Estado de Buenos Aires sin las provincias es como las cabezas de los guillotinados que continúan pensando y sintiendo largo rato”,  “Las escuelas no se mejoran en la escuela sino en la aspiración de los que gobiernan y legislan”,  “Si me dejan, le haré a la historia americana un hijo”, y así parecidamente. Sarmiento, en 1968 hubiera llenado de grafitti las paredes vetustas de las facultades de la Sorbona.

Por supuesto, Sarmiento no es un ideólogo de escuela, ni un pensador sistemático, y menos un filósofo. No lo atrajeron los grandes sistemas especulativos, ni las organizaciones intelectuales, ni las entelequias, ni los megasistemas. No era un elucubrador teórico. Pensaba para actuar. Sarmiento era un pensador, sí, pero avocado para la encarnación de la teoría en el seno de la realidad. Para él, la piedra de toque de una buena teoría era su capacidad de eficacia para modificar lo existente.  La teoría en sus manos no era un fundamento de lo real sino era una suerte de fertilizante del terreno para que fructifique. Era un instrumento de cateo, de exploración y, luego, de transformación de lo dado. Una teoría era buena si era útil para materializarse en nuevas o renovadas instituciones. De no ser así, despreciaba lo teórico como mera arquitectura virtual.       

Es un pragmático asistido por ideas. Aprieta un sistema en un haz de ideas, y estas, en una frase contundente que las cifra con eficacia. Este es un don sarmientino.

 

 (*) Pedro Luis Barcia es expresidente de las Academias Nacional de Educación y Argentina de Letras.


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¿Es posible nacer de nuevo?

No nos sucede muy a menudo. Pero en algunas oportunidades quisiéramos volver el tiempo atrás y cambiar algunas cosas. Tal vez decisiones equivocadas que hemos tomado, o palabras hirientes que dijimos e hicieron mucho daño, o haber cedido a la tentación y enredarnos en situaciones complejas.

Pero no es factible. Como expresa el dicho: “a lo hecho, pecho”.

Sin embargo, es posible una mirada nueva que nos ayude a cambiar de perspectiva. Porque el camino recorrido es parte de nuestra vida, como lo es el presente. Pero lo decisivo hoy es hacia dónde nos dirigimos. Si por delante sólo hay oscuridad y tinieblas, todo lo vivido --aun el éxito-- es una carga pesada. Pero si en el horizonte logro visualizar una luminosa vida, el camino se transforma, los dolores y tropiezos, incluso el pecado más grave, pueden ser redimido.

Cuando Jesús conversaba con un hombre piadoso y justo llamado Nicodemo, éste le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”. Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes que te haya dicho: ‘Ustedes tienen que renacer de lo alto’”. (Jn 3, 4-7)

Se trata entonces de un verdadero y nuevo nacimiento del agua del Espíritu Santo. O sea, el bautismo. Por medio de este sacramento somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros, y miembros del Cuerpo de Cristo. La muerte y resurrección de Cristo llega de esta manera a tocar las fibras más íntimas de nuestra existencia.

En la Pascua de Cristo nos alegramos por su vida nueva. Pero también es gozo en cada uno de nosotros llamados a apropiarnos de la resurrección. Así como Cristo resucitó, estamos convocados a participar de su gloria. Por el bautismo morimos con Cristo para resucitar con Él. San Pablo lo enseñó de modo elocuente: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección”. (Rm 6, 3-5).

Dos signos se destacan en la Vigilia Pascual y este Domingo: el agua y la luz: Agua que remite al bautismo que nos purifica y da vida, luz nueva que simboliza la Vida de Cristo Resucitado y la fe que se enciende en nuestros corazones.

Volviendo al planteo inicial de estas reflexiones, no se trata de hacer “borrón y cuenta nueva”; no podemos por un acto voluntarista eliminar el pasado. Pero sí podemos redimirlo, bañarlo con la luz nueva del Espíritu Santo.

Esto es más que capitalizar experiencias o aprender de los errores. Es asumir y purificar para darle un sentido nuevo a nuestra relación con Dios, con los demás, con la creación toda.

La tentación que tenemos queda bien expresada en el Evangelio (Mc. 16, 1-8). Las mujeres fueron de madrugada en la mañana de la Pascua para ungir el cadáver de Jesús. Y fue tal la sorpresa al ver la tumba vacía, que ni siquiera dieron crédito al anuncio del ángel “ha resucitado, no está aquí”. Varios de los relatos de la resurrección nos muestran estas dificultades de los discípulos para la fe en la vida nueva de Jesús.

Será necesaria la luz del Espíritu Santo para que los ilumine y ayude a ir más allá de las apariencias.

Dejate conducir por el amor de Dios. ¡Feliz Pascua!

(*) Jorge Lozano es arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

 


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