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Monday 13 de July de 2020

No parece haber punto intermedio entre el Estado y los particulares

No parece haber punto intermedio entre el Estado y los particulares

05/28/2020 |Por Daniel Muchnik

 

Estos son días donde las necesidades individuales chocan cada vez con más contundencia con las urgencias sanitarias y las disposiciones del Gobierno. La ansiedad y la angustia sobre el presente, el largo encierro, la falta de ingresos y la incertidumbre sobre el tiempo futuro son los dilemas dominantes.

 

 Muchos argentinos se están quejando por diferentes motivos, pero quizás se pueda sintetizarlos en la ausencia de libertad de movimiento o trabajo de los ciudadanos, constitucionalmente avaladas.

O son los comerciantes, cuentapropistas de toda clase y condición, ahogados por el cierre permanente y que están bordeando la quiebra, o ya quebraron. Las razones oficiales, en cambio, se sostienen en la necesidad de guardar cuarentena para evitar males mayores, más cantidad de víctimas.

También hay protestas de distinto tipo, como la de los automóviles en el Tigre, para pedir más libertad de movimientos. El intendente Julio Zamora dijo que tenía ubicados a los participantes de la protesta como si fuera un celador vigilante de una escuela secundaria.

También intervino la antropóloga Sabina Frederic, quien es Ministra de Seguridad de la Nación, manteniendo una visión crítica de esa movida pero, a su manera, muy politizada y poco certera. Afirmó que comprendía la manifestación pero ubicó a los protagonistas como habitantes de countries que han perdido la solidaridad con los pobres.

Del mismo modo se quejan, y con razón, médicos y enfermeros de todo el AMBA. Las distintas administraciones han hecho importantes obras públicas en los últimos años pero no mejoraron la condición de los hospitales en cuestiones y detalles elementales. Los médicos y las enfermeras tienen sueldos precarios y carecen de protección efectiva ante el COVID-19. No hay instrumentos para la lucha contra el virus, ni implementos imprescindibles, como trajes especiales, barbijos de primera calidad y guantes. Están todos ellos con más horas de trabajo y con muchísimos más riesgos.

La pandemia da lugar a que los seguidores del Gobierno cuestionen a los que no lo son y se suban al “vamos por todo” pronunciado por Cristina Fernández, en Rosario, en su época presidencial. No hace mucho tiempo.

Un ejemplo con signo autoritario y desprovisto de límites fue el de Gabriel Mariotto, ex Director de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual y actual Decano de Sociales en la Universidad de Lomas de Zamora.

El combativo kirchnerista afirmó sin tapujos: “A la Argentina después de la pandemia me la imagino bien peronista”. Sostuvo también: “Con las empresas de servicios públicos y el comercio exterior en manos del Estado, éste debe resolver la mesa de los 45 millones de habitantes. El comercio exterior tienen que estar en manos del Estado” .

Mariotto adhirió a las ideas primitivas de su partido, al del primer y segundo período de Juan Perón, burlando lo que aspira y desea la otra mitad de la población argentina, que es la que obtuvo 40 por ciento de votos de la última elección presidencial.

Más que proyecto o intención, tiene aires de venganza. ¿Mariotto expresa el deseo mayoritario de los grupos que integran el Frente de Todos, una extendida congregación con muy diferentes visiones del momento y del futuro? Quizás haya querido movilizar o motivar a sus compañeros de trinchera. Pero erizó la piel de los que integran Juntos por el Cambio.

¿Dónde está el punto medio que traiga un poco de sensatez y de equilibrio? Parecen dos grupos humanos que están tirando cada uno con fuerza de la cuerda. Y ninguno de los dos tiene asegurada la victoria. Hay otros que están preocupados por decisiones que consideran poco democráticas del Gobierno, en medio de la cuarentena.

Durante la reapertura de las operaciones en la fábrica de Toyota en Zárate, el Presidente dijo una verdad a medias: “El país entero se está poniendo de pie y está empezando a producir”. Y agregó: “Fue la pandemia la que complicó la actividad económica, no la cuarentena”.

Frente a estas afirmaciones están los datos económicos: el 90 por ciento de las pequeñas y medianas empresas están en semi o en total bancarrota. Los pocos comercios que pudieron abrir por poco tiempo comprobaron que las ventas eran entre 70 y 80 por ciento menos que antes del COVID-19, cuando el país padecía una larga recesión.

El Estimador Mensual de la Actividad Económico se contrajo 11,5 por ciento en marzo, ya con niveles tan bajos como los del año 2009 tras el enfrentamiento de Cristina Fernández con el campo que se sumó a otras variables complicadas.

Los sectores que más sufrieron el ahogo que impuso la realidad fueron la construcción, el comercio y gran parte de la industria. El sector automotriz no produjo un solo auto en abril. La demanda energética de las grandes industrias se comprimió un 46 por ciento. La industria editorial prevé un año de oscuridad casi total. Ni hablar de la inversión privada. No hay voluntad y si hay mucho miedo por los vaivenes en las decisiones del gobierno.

Paralelamente está la negociación de la deuda con los bonistas. Se habla de un default, pero seguirán las negociaciones y ambos protagonistas esperan que el otro afloje, que negocie.

Los organismos financieros internacionales y continentales le dan prioridad a frenar la pandemia más que a las libertades constitucionales. Aunque piden también equilibrio entre la salud y la economía mientras prosiga el largo camino hasta la salida de la cuarentena. El Banco Interamericano de Desarrollo considera que América Latina enfrenta obstáculos casi insuperables para aumentar la capacidad de atención de los enfermos. Las estadísticas, sin embargo, dan cuenta que Uruguay y Paraguay han podido superar muchísimas dificultades. Son la excepción.

Para el BID, la deuda pública promedio en el continente subió del 40 al 62 por ciento del PBI y el costo del endeudamiento se duplicó entre enero y marzo pasados. La pandemia no se solucionará en los meses que vienen. La hecatombe económica parece que tampoco, y por muchísimo más tiempo.

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