Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Saturday 4 de July de 2020

La irresponsabilidad no es un rasgo de la inteligencia

La irresponsabilidad no es un rasgo de la inteligencia

06/01/2020 |(Foto Ricardo Santellán)

 

Por Nahuel Maciel

EL ARGENTINO

 

El fin de semana que pasó en Gualeguaychú se habilitaron algunas actividades que implicó flexibilizar la cuarentena que contiene un distanciamiento social, preventivo y obligatorio.

Las autoridades indicaron que era necesario para ello tomar consciencia de los actos individuales, para no afectar las protecciones colectivas que son necesarias en estos tiempos de pandemia por el coronavirus.

Este apertura o flexibilización se dio casi en simultáneo con un movimiento que expresa la necesidad de realizar “una cuarentena inteligente”.

¿Qué ocurrió en Gualeguaychú? Los vecinos salieron en grupos familiares al aire libre. En términos generales nadie respetó ningún protocolo. La excepción de algunos casos fueron los cuidados, pero la inmensa mayoría se puso en riesgo así mismo y a los demás.

Las autoridades policiales expresaron que no notificaron a nadie porque todos tuvieron un comportamiento muy agresivo hacia la Fuerza y no aceptaron ninguna recomendación de cuidados ni de prevención. Y para no discutir delante de sus hijos, se optó por hablarles y en caso de no entrar en razones, no continuar interviniendo para evitar mayores agresiones. Fue una jornada donde la Policía terminó muy decepcionada por el comportamiento ciudadano.

Es cierto que vivir en cuarentena es una experiencia histórica, nunca antes vivida generacionalmente. Además, el quedarse en casa y limitar el contacto con los demás requiere de una cultura ciudadana de la que muchas veces se carece.

Es verdad que la vida de todos se ha visto interrumpido tal como la conocíamos o la percibíamos; y esa percepción requiere adecuaciones, es decir, tiempos de maduración. La ansiedad nunca será una buena consejera. Y para algunos, el haberse flexibilizado la cuarentena implica ignorar por completo el coronavirus y retomar la vida como si todo siguiera como siempre. ¡Un error que puede costar vidas!

A pesar de las repetidas súplicas de las autoridades (especialmente de salud pública) para tomar todos los recaudos necesarios que permitan frenar la propagación del coronavirus, muchas personas (adultos) simplemente hicieron oídos sordos; le dieron la espalda a la prevención y pusieron en riesgos sus vidas, la de sus seres queridos y la de terceros. Una irresponsabilidad por donde se la quiera analizar.

¿Por qué algunas personas no tomaron en serio la prevención? La respuesta la podrán ofrecer mejor los psicólogos, pero en principio se puede decir que muchos se sienten invulnerables.

En esta pandemia se identifican (a grandes rasgos) tres grupos: los que responden en exceso, los que no responden y los que se encuentran en algún punto intermedio.

Los que responden en exceso son los compradores de pánico que han acumulado suministros de manera innecesaria. Cómo olvidar al inicio de la cuarentena las personas que compraron papel higiénico por demás o el agotamiento del alcohol en cuestión de horas (la especulación sobre su precio será motivo de otro análisis).

Las personas en el medio están haciendo lo que se les pide que hagan sin entrar en pánico: son una mayoría, silenciosa, y a pesar de ser mayoría poco visible.

Los que no responden son aquellos que desobedecen la guía de salud pública, porque se consideran invulnerables. No siguen el distanciamiento social porque creen que no se enfermarán. Creen que pueden violar la cuarentena fijando sus propias reglas: nos juntamos porque todos nos cuidamos y confían en eso como si fuera una ley sagrada. Este comportamiento puede convertirse en responsable si el virus se propaga aún más.

Luego están los soberbios. Al igual que los compradores de pánico, no responden a las recomendaciones sanitarias y alientan la posibilidad de reunirse en grupos y así ignorar los consejos médicos. Se sienten más sabios que un médico sanitarista y además impotentes. No sólo desafían a las autoridades y a las normas de convivencia, sino que adaptan “una ciencia” a su medida o necesidades del mismo modo que adaptan “una religión” a su criterio o conveniencia. En las rutas, son los que violan el exceso de velocidad “porque a mí nunca me va a pasar un accidente” o “porque manejo bien”.

También están aquellos que tienen una confusión generalizada: son los que sostienen que las libertades individuales son sagradas, anteponiendo sus caprichos a la defensa de la vida (que sí es sagrada). En aras de la libertad individual nadie puede poner en peligro a terceros. El ejemplo sería el siguiente: nadie puede argumentar el derecho a la libertad individual y consentir que se debe cruzar un semáforo en rojo y poner en peligro la vida de otros. Este razonamiento es muy común que prevalezca cuando la “infodemia” satura y no permite la reflexión.

Y están también los irresponsables individuales. Son aquellos que exigen que los demás cumplan, aunque ellos siempre tienen una excusa para no cumplir. Se sienten excepcionales, como si la ley no fuera hecha para ellos. Y junto a todos ellos, se encuentra el negador.

El fin de semana pasado Gualeguaychú mostró un rostro poco sano y muy distinto a esa característica que la supo encumbrar en un sitial donde habita la solidaridad, el cuidado del otro y el respeto por los demás.

Es urgente volver a esas fuentes, a ese origen; justamente para no quedar infectados con el virus de la indiferencia, que genera apatía, desdén y desprecio por los demás.

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