Gualeguaychú | Entre Ríos | Argentina
Monday 21 de September de 2020

Violencia ¿Y por casa cómo andamos?

08/02/2020 |Por Waldemar Oscar von Hof (*)

 

Hace unos años un canal de televisión nos sorprendió con el titular: “Mueren dos personas y un boliviano”. Más allá de si fue un error de redacción o verdaderamente un lapsus con inconciencias racistas, dio pie a discusiones sobre nuestra manera de pensar de los migrantes y del racismo.

 

La muerte de George Floyd en Minneapolis puso en tapa, una vez más, la cuestión racista en Estados Unidos y en el mundo. Cruel el destino nuestro, esperar una muerte para profundizar la temática. En nuestro país las agresiones policiales a la familia Qom en el chaco y la muerte de Ceferino Nadal en Tucumán a manos de la policía puso en tapa esta misma situación. Ahora estamos buscando a Facundo Astudillo Castro en el sur con la policía supuestamente implicada.

La violencia como formas de dirimir diferencias, imponer un “orden” tiene toda una historia entre nosotros. La violencia del estado ejercida a través de los gobiernos de facto n generado sufrimientos y ha quedado grabada en la memoria afectando nuestros conceptos de democracia. La utilización de la violencia desde el poder, o desde el estado, pero que se nos mete como una forma de convivencia. Violencia en la usurpación ilegal de terrenos que se da cada vez con más frecuencia, como estamos viendo en Guernica y Los Hornos. Violencia de ataque y defensa a la propiedad que se están volviendo “normales” entre nosotros, la de tomar la justicia por manos propias. El verano pasado nos sorprendió la muerte de otro Facundo a manos de un grupo de jóvenes que utilizaron la violencia mientras otros filmaban como si estuvieran viendo un desfile de modas. Toda nuestra historia como humanidad está plagada de ejemplos de violencia generada a partir de diferencias, a partir del concepto de supremacía de un grupo sobre otro. Aún tenemos grabadas en nuestra memoria la guerra civil española, el violento y sistemático modo de operar del Nazismo con la consecuencia de la guerra mundial.

Tal vez es un buen momento para parar mirarnos como personas, como sociedad y analizar como la problemática racial está metida entre nosotros generando reacciones muy violentas. Nuestro país se construye a partir de la mirada racista, basándose en el exterminio de la población preexistente a la llegada de los europeos a estas tierras. Me sorprendió escuchar testimonios, en 1986 en el juicio a las fuerzas armadas, que era común que los torturadores llamaran “negro de…” o “judío de…” a sus víctimas. Una y otra vez se alzan voces en contra de los inmigrantes africanos que venden “bijouterie” en las calles de nuestras ciudades u opiniones y hasta expresiones violentas en contra de los venezolanos que llegan a nuestro país en busca de refugio no han estado ausente.

En mi adolescencia escuchaba las canciones de Vox Dei y me quedó sonando aquella que dice: “Sin violencia ni gritos” de la canción “Profecía”. En los años '80 toda una generación de jóvenes sentíamos la necesidad de decir al mundo que “sin violencia ni gritos” también se podían proponer cosas. Nos subíamos a un movimiento en el mundo, imitado y replicado en nuestro país por muchos que teníamos la necesidad de decir algunas cuestiones en contra de un sistema e incluso un estado que consideraba la violencia como una herramienta necesaria para establecer el orden. Aquellos sueños y hasta propuestas de nuevas comunidades, en las que se proponía un nuevo modo de vivir, han quedado olvidadas.

Las expresiones de violencia recientes fueron recibiendo repudios y reacciones por considerarlas exageradas e injustificadas. Reacciones y repudios que lentamente fueron creciendo a partir del apoyo de muchas personas que pasaron por situaciones cercanas o similares a estas. La pregunta es cómo salimos de este brete de una historia plagada de conceptos e ideologías que consideran a alguna raza superior a otra. Cuando el apóstol Pablo intentó describir la nueva sociedad y la nueva humanidad que se desprendía de la propuesta de Jesucristo le escribía a la comunidad de Colosas, allá en la antigua Grecia. Les sugería que “como nueva humanidad podemos dejar de lado las mentiras, el enojo, la pasión, la maldad y los insultos (…) ya no tiene importancia ser griego o judío, ser extranjero, inculto, esclavo o libre, si no que Cristo es todo y está en todos” (Carta a los Colosenses cap.3 :8-11 Con adaptación del texto).

Si hace dos mil años Pablo creía que superar las diferencias era, no solo una posibilidad, sino una realidad, hoy podemos seguir construyéndola. Existen muchos testimonios de personas que han soñado y han creído que nuestro país era el lugar donde esto era posible. Una fue mi abuela Clara, que a los diecisiete años llegó de una Europa destruida por el odio de la guerra y se fue a vivir al medio de la selva misionera para comenzar con algo nuevo. Otro fue Jorge Kurteff el “poeta de los metales” que nació en plena guerra y su juventud se “desperdició”, como a él le gustaba decir, en la segunda guerra. Artista que decidió vivir en Argentina y dejó un legado artístico alusivo a la paz en metales que está en la Villa de Merlo, San Luis, digno de admirar.

Comprendernos y entendernos como seres humanos integrales más allá de los colores de la piel, de la cultura y de la situación económica es un largo camino a construir. Seguro que será realidad si miramos alrededor nuestro “sin violencias ni gritos” como cantaban los muchachos de Vox Dei hace unos años.

 

(*) Waldemar Oscar von Hof es pastor de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata.

 

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